De Cartago a Sagunto Benito Pérez Galdós ******** I Arriba otra vez, arriba, Tito pequeñín de cuerpo y de espíritu amplio y comprensivo; sacude la pereza letal en que caíste después de los acontecimientos ensoñados y maravillosos que te dieron la visión de un espléndido porvenir; vuelve a tu normal conocimiento de los hechos tangibles, que viste y apreciaste en la vida romántica del Cantón cartaginés, y refiérelos conforme al criterio de honrada veracidad desnuda que te ha marcado la excelsa maestra Doña Clío. Abandona los incidentes de escaso valor histórico que han ocurrido en los días de tu descanso soñoliento, y acomete el relato de las altas contiendas entre cantonales y centralistas, sin prodigar alabanzas dictadas por la amistad o el amaneramiento retórico. Obedezco al amigo que me despabila con sacudimiento de brazos y tirones de orejas, cojo mi estilete y sigo trazando en caracteres duros la historia de estos años borrascosos en que, por suerte o por desgracia, me ha tocado vivir. Lo primero que sale a estas páginas llegó a mi conocimiento por los ojos y por el tacto: fue la moneda que acuñaron los cantonales para subvenir a las atenciones de la vida social. Consistió la primera emisión en duros cuya ley superaba en una peseta a la ley de los duros fabricados en la Casa de Moneda de Madrid. Las inscripciones decían: por el anverso, Revolución Cantonal. - Cinco pesetas; por el reverso, Cartagena sitiada por los centralistas. - Septiembre de 1873. Elogiando yo la perfección del cuño ante los amigos don Pedro Gutiérrez, Fructuoso Manrique, el Brigadier Pernas y Manolo Cárceles, éste, con su optimismo que a veces resultaba un tanto candoroso, me dijo: "Fíjese el buen Tito en que ese trabajo lo han hecho los buenos chicos que en nuestro presidio sufrían cadena por monederos falsos". Puse yo un comentario a esta declaración, diciendo que los tales artífices fueron maestros antes de ser delincuentes, que en la prisión afinaron su ingenio, y que la libertad les habilitó para servir a la República con diligente honradez, cada cual según su oficio. "Así es - dijo Cárceles -, y da gusto verles por ahí tan tranquilos, sin hacer daño a nadie, procurando aparecer como los más fieles y útiles auxiliares del naciente Anfictionado español". Antes de la emisión de la moneda se pagaban los servicios con cachos de plata que luego se canjearon por los flamantes y bien pronto acreditados duros de Cartagena. En los mismos días me enteré por los amigos de la nueva organización que se había dado a los altos Poderes Cantonalistas. Dimitió el Gobierno Provisional, incorporándose a la Junta Soberana, que se fraccionó en las siguientes Secciones: De Relaciones Cantonales: Presidente Roque Barcia, Secretario Andrés de Salas. - De Guerra: Presidente General Félix Ferrer, Secretario Antonio de la Calle. - De Servicios Públicos: Presidente Alberto Araus, Secretario Manuel F. Herrero. - De Hacienda: Presidente Alfredo Sauvalle, Secretario Gonzalo Osorio. - De Justicia: Presidente Eduardo Romero Germes, Secretario Andrés Lafuente. - De Marina: Presidente Brigadier Bartolomé Pozas, Secretario Manuel Cárceles Sabater. Los cargos de Presidente y Secretario de estas Secciones equivalían a los de Ministro y Subsecretario de los diferentes ramos. Sin puntualizar una por una las diversas expediciones marítimas que efectuaron los barcos insurgentes a fines de Septiembre, procuro corregir mi deficiente sentido cronológico y me apodero de algunas fechas, claveteando en mi memoria la del 24 porque ella señala mi nada lucida incorporación a la escuadra que fue al bombardeo de Alicante con las miras que fácilmente supondrá el lector. Mi amigo Cárceles, que se empeñaba en hacer de mí una figura heroica, me metió casi a empujones en el Fernando el Católico, vapor de madera, inválido y de perezosos andares, el cual iba como transporte llevando gente de desembarco ganosa de probar en una plaza rica la fortaleza de su brazo y el largor de sus uñas. Al conducirme a bordo, Cárceles puso en mi compañía para mi guarda y servicio a un presidiario joven, simpático y hablador, que desde el primer momento me cautivó con su amena charla y la variedad de sus disposiciones. Antes de bosquejar la figura picaresca de mi adlátere y edecán, os diré que el Cantón creyó deber patriótico cambiar el nombre del barco en que íbamos, pues aquello de Fernando, con añadidura de el Católico, conservaba el sonsonete del destruido régimen monárquico y religioso. Para remediar esto buscaron un nombre que expresase las ideas de rebeldía triunfadora, y no encontraron mejor mote que el estrambótico y ridículamente enigmático de Despertador del Cantón. A la hora de navegar en el Despertador, mi asistente o machacante hizo cuanto pudo para mostrarse amigo, refiriéndome con donaire su corta y patética historia. Resultó que hacía versos. En su infancia se reveló sacando de su cabeza coplas de ciego; luego enjaretó madrigales, letrillas y algunas composiciones de arte mayor que corrían manuscritas entre el vecindario de su pueblo natal, la villa de Mula. Por algunos trozos que me recitó comprendí que no le faltaban dotes literarias, pero que las había cultivado sin escuela ni disciplina... Casó muy joven con moza bravía; surgieron disgustos, piques, celeras, choques violentísimos con varias familias del pueblo. Cándido Palomo, que tal era su nombre, alpargatero de oficio y en sus ocios poeta libre, llegó una noche a su casa con el firme propósito de matar a su mujer; mas tuvo la suerte de equivocarse de víctima y dio muerte a su suegra, que era la efectiva causante de aquellos líos y el impulso inicial de la tragedia. Cuando Palomo entró en presidio compuso un poema lacrimoso relatando su crimen y proceso. Aunque plagado de imperfecciones, el poético engendro me recordó el libro primero de Los Tristes de Ovidio y aquel verso que empieza Cum repeto noctem... Con estas y otras divertidas confidencias de aquel ameno galopín, que también repitió una letrilla y un romance burlesco que había dedicado a cantar las malicias de su suegra días antes de despacharla para el otro mundo, entretuvimos las horas lentas de la travesía, terminada a las nueve y media de la noche frente a la ciudad del turrón, la dulce Alicante. El primer cuidado del caudillo cantonal que nos mandaba (y juro por la laguna Estigia que no sé quién era) fue notificar a los cónsules que si la plaza no aprontaba buena porción de víveres y pecunia, conforme al truculento ultimátum formulado en viajes anteriores, comenzaría el bombardeo al amanecer... Llegado el momento, colocadas en orden de batalla las naves guerreras con nuestro Despertador a retaguardia, intervino el Almirante de una escuadra francesa surta en aquellas aguas, logrando con hábil gestión humanitaria que se aplazase el bombardeo cuarenta y ocho horas. Pusiéronse a buen recaudo los vecinos pacíficos de Alicante, y el Gobierno Central, representado allí por mi amigo Maisonave y por un general cuyo nombre no figura en mis anotaciones, se preparó para la defensa. A las seis de la mañana del 27 rompieron el fuego las fragatas Numancia, Tetuán y Méndez Núñez con pólvora sola, y como no izase Alicante bandera de parlamento se hicieron disparos con bala contra el castillo y la ciudad. El castillo, visto desde la mar, parecíame asentado en la cima de un alto monte de turrón, deleznable conglomerado de avellanas y miel. A pesar de estas apariencias, nuestros proyectiles no hicieron allí estrago visible. En la plaza advertimos señales de gran sufrimiento, y las balas que de allá nos venían apenas rasparon el blindaje de nuestra Numancia. Como tampoco sufrieron deterioro las inservibles carracas Tetuán y Méndez Núñez, envejecidas e inútiles en plena juventud, no pude ver en aquella militar función más que un juego de chicos o un bosquejo parodial de página histórica, para recreo de gente frívola que se entusiasma con vanos ruidos y parambombas. Cinco horas duró el simulacro, disparando nosotros ciento cincuenta proyectiles que debieron de ser pelotas de mazapán. Total, que Alicante no dio un cuarto y que nos marchamos con viento fresco, llevando a la mar la jactanciosa hinchazón de nuestras fantasías. Mientras nosotros navegábamos hacia Cartagena, ufanándonos de haber impuesto duro castigo a la plaza centralista, las autoridades de ésta telegrafiaban a Madrid extravagantes hipérboles del daño que nos habían causado: según ellas, la obra muerta de nuestras naves estaba hecha pedazos y las cubiertas sembradas de cadáveres; en tierra, don Eleuterio y el general, cuyo nombre sigo ignorando, habían afrontado el bombardeo con espartano heroísmo. Por una parte y otra era todo pueril vanidad y mentirosas grandezas para engaño de los mismos que las propalaban. En el viaje de regreso hice amistad con otro galeote, llamado de apodo Pepe el Empalmao por la desmedida talla de su cuerpo flaco y anguloso. Aprovechando un rato en que mi machacante subió a cubierta, dejándonos en el primer sollado, me dijo que la bravía mujer de Palomo, guapa de suyo y mejorada en sus atractivos por los afeites y pulidas ropas que a la sazón gastaba, hacía en Cartagena vida libre, requiriendo el trato de señores ricos en casas discretas cuyas paredes eran reservado encierro del escándalo. Añadió que si yo quería verla y juzgar por mí mismo su buen apaño de rostro y hechuras, él no tendría inconveniente en llevarme a donde pudiese encontrarla. El pobre Cándido conocía el aprovechado mariposeo con que su mujer se ganaba la vida; visitábala alguna vez; pero ella con buenas o malas razones, según el viento o el humor reinantes, le apartaba de su lado, dándole algunos dineros que eran el mejor específico para que el marido se curase del molesto afán de sus visitas. Comprendí que Pepe el Empalmao era un sutil rufián y le prometí aceptar sus buenos servicios, tan necesarios, como dice Cervantes, en toda república bien ordenada. Retirado de mi presencia El Empalmao por accidentes del servicio, volvió junto a mí Cándido Palomo, al cual le faltó tiempo para brindarme sabrosos apuntes históricos de su camarada. José Tercero, que tal era el nombre del rufián, había ido a comer el bizcocho y el corbacho del presidio por ejercer con demasiada sutileza las artes de corrupción, asistido de una mala hembra, llamada por mal nombre Marigancho, que purgaba sus delitos en la Galera de Alcalá de Henares... Dejo a un lado a éste y otros prójimos de interesante psicología, para seguir desenredando la madeja histórica. La Junta Soberana resolvió canjear con el comercio, por artículos de comer, beber y arder, gran copia de materiales existentes en el Arsenal y fortificaciones: bronces, hierros, maderas finísimas, y cuanto no tenía inmediata eficacia para la defensa de la plaza. Acordó además la Junta reforzar la guardia de la fábrica de desplatación y amenazar a varios industriales, entre ellos al marqués de Figueroa, con el embargo de sus bienes si no pagaban a la Aduana, en el término de cuatro días, los derechos de Arancel por la importación de carbón y otros efectos. Continuaron aquellos días las salidas por mar y tierra. Resistí a las sugestiones de Gálvez para que le acompañase en una expedición que hizo a Garrucha con el Despertador y la fragata Tetuán. Creí más divertido para mí, y más eficaz para la misma Historia, salir por las calles de la ciudad con mi amigo El Empalmao a la fácil conquista de Leonarda Bravo o Leona la Brava, como vulgarmente llamaban en Cartagena a la mujer de Palomo. Pronto la encontramos, que para llegar a la gruta de tal Calipso no era menester larga exploración por tierras desconocidas. En una casa recatada y silenciosa, medianera con la vivienda y taller de las tres muchachas retozonas amigas de Fructuoso, recibió mi visita. Era una mujer bonita y fresca, bien aderezada para su oficio, cariñosa en el habla y modos, como a sus livianos tratos correspondía. Nada advertí en Leona que justificara su fama de braveza. A mis preguntas sobre esto me contestó que la ferocidad de su genio habíala mostrado tan sólo en el tiempo que hizo vida conyugal con Palomo, por ser éste un terrible celoso atormentador y un carácter capaz de apurar y consumir a la misma paciencia. Pero que recobrada la libertad, y respirando el libre ambiente del mundo para vivir del beneficio que su propio mérito y gracias le granjeaban, se había trocado de leona furibunda en oveja mansísima. Ni fue corta ni desabrida mi visita, sino, antes bien, larga y placentera. . . . . . . . . . . . . . No sé si en los medios o en el fin de nuestra accidental intimidad, Leona me dijo que no vivía donde estábamos sino en la parte alta de Santa Lucía. Oyendo esto acordeme de la famosa fragua mitológica y de la escuela de Floriana. A mis preguntas, sugeridas por el recuerdo de aquellos lugares, contestó la moza que existía la fragua, que el patinillo era secadero de una tintorería y la escuela depósito de cosas de barco. Las maestras puercas y legañosas que allí daban lección a los chicos harapientos del barrio, se habían largado a otra parte. Esto avivó mi curiosidad y el deseo de reconocer aquellos lugares, y pidiendo permiso a La Brava para visitarla en su vivienda, nos despedimos hasta una tarde próxima. II Que la Junta Suprema de Cartagena autorizase una función dramática en el teatro Principal, representándose Juan de Lanuza y destinando los productos a los Hospitales, no merece largo espacio en estas crónicas. Tampoco debo darlo a la expedición de Gálvez a Garrucha, extendiéndose a Vera y Cuevas de Vera, donde tuvo lucido acogimiento y pudo afanar dinero y provisiones de boca. La repetición de estas colectas a mano armada las priva de interés en el ciclo cantonal. Mejor alimento, lector voraz, siquiera sea de golosinas, te doy contándote que guiado por mi embajador venustino José Tercero fui a visitar a La Brava en el altillo de Santa Lucía. Entramos a la vivienda de la moza por la fragua de marras, en la que forjaban clavos unos vulgarísimos y tiznados herreros, que ni la más remota semejanza tenían con los gallardos alumnos de Vulcano, y menos con el Titán hermosísimo en quien los ojos de mi fantasía vieron al creador de mil hijas de recia voluntad. Pasamos de allí al patinillo, donde unas mujeres con las manos carminosas ponían al sol madejas de estambre recién teñido de colorado. Entramos luego en lo que fue escuela, y vi el local repleto de barriles de alquitrán, de viejas lonas y de montones de la filástica que se usa para calafatear las embarcaciones. Ni rastro hallé de objetos escolares. ¡Y pensar que allí se me representó en carne viva la ideal Floriana, educadora de pueblos, virgen y madre de las generaciones que han de redimirnos! ¡Qué cosas vio mi espíritu en aquel mísero aposento, y qué divinos embustes imaginó, pintándolos en la retina, el caldeado cerebro de este antojadizo historiador! Introdújome Tercero en un angosto pasillo, que era pórtico de humildes viviendas numeradas. En la salita de una de éstas encontré a Leonarda con el cabello suelto, en compañía de una mujer que no era peinadora sino maestra, y que a mi amiga estaba dando lección de escritura. La Brava, con los dedos tiesos, llenos de tinta y torcida la boca, hacía tembliqueantes palotes, poniendo en ello toda su alma. La maestra, con dulce paciencia, guiando la mano de su discípula, la corregía y amonestaba... Pásmate, lector incrédulo, y abre tamaños ojos al saber que en la profesora reconocí las facciones de Doña Caligrafía, ya envejecidas y deslustradas cual si hubiera pasado medio siglo desde que la vi o creí verla en la compañía y séquito de la ideal Floriana. Deseosa de hablar conmigo, Leona suspendió la lección, despidiendo a la momificada pendolista y a Pepe el Empalmao. Sin más ropa que la camisa y una holgada bata de colorines; sin corsé, los desnudos pies en chancletas, suelto el negro cabello abundante, Leonarda ponía la menor veladura posible entre sus corporales hechizos y los ojos del visitante. Afectuosa y comunicativa, me habló de esta manera: "Veo que te asombras de que ande yo en estos jeribeques de la escritura. Pues sabrás que no me contento con ser lo que soy al modo rústico y ordinario. Me enloquece la ambición. Desde que me metí en este vivir arrastrao, la mirilla en que tengo puestos los ojos de mi alma es Madrid... Quiero dirme a la Corte, donde podré ser mujer alegre con más aquél que aquí, luciendo y aprovechando lo que Dios me ha dado... Comprenderás, querido Tito, que no puedo ir hecha una burra, pues entonces no me saldría la cuenta, que aquél no es un público de patanes sino de personas principales y de posibles. Yo sabía leer a trompicones, y ahora esta pobre maestra que aquí has visto, vecina mía, por dos reales que le doy un día sí y otro no me enseña la lectura de corrido, y además me da lección de escritura, empezando por tirar de palotes que es muy duro ejercicio... Pienso yo que la ilustración es necesaria aun para las que andamos en tratos... ya me entiendes... En Madrid haré vida de libertad, pero mirando a lo elegante y superfirolítico. Como en ello están todos mis pensamientos, pongo gran atención en el habla de los señores con quienes una noche y otra noche tengo algo que ver, y cuantas palabritas o frases les oigo, que a mí me parecen finas, las atrapo y me las remacho en la memoria para soltarlas cuando vengan a cuento. Ya sé decir: a tontas y locas, de lo lindo, en igualdad de circunstancias, partiendo del principio, permítame usted que le diga, mejorando lo presente, tengo la evidencia, seamos imparciales, bajo el prisma, bajo la base...". Discretísimo y práctico me pareció el anhelo de aquella pobre criatura, que no sabiendo salir de su esfera mísera trataba de ennoblecerla y darle asomos de dignidad. Felicité sinceramente a La Brava, incitándola a que se esmerase en engalanar con flores, siquiera fuesen de trapo, el camino vicioso que había de seguir, siempre que su destino no le marcara otro mejor aunque menos bonito. Puso ella a sus confidencias el remate de esta profecía: "Con lo poquito que ya sé, y lo que he de aprender, no será difícil que en Madrid me salga un marqués viejo, rico, baboso, a quien yo pueda manejar como un títere, que me ponga casa elegante, con alfombras y cortinones de seda, y me vista con toda la majeza del siglo. Pa entonces tendré coche y me pasearé muy repantigada por las alamedas que llaman el Retiro y la Fuente Castellana"... Después de esto vino la peinadora. Del tiempo transcurrido desde la operación de aderezarse la hermosa cabellera hasta que se puso a almorzar un excelente arroz con pescado, no debo decir nada a mis lectores, pues la tela de la Historia tiene dobleces impenetrables. Vestida y calzada salió Leona conmigo al patinillo, donde vimos un sujeto en mangas de camisa, lavándose la cara en una pobre jofaina de latón. Mi amiga le saludó risueña, como a vecino que en uno de los cuartos de aquella humilde casa moraba. Apartándonos de él para dejarle fregotearse a sus anchas las orejas y el pescuezo, La Brava me dijo: "Este tipo es otro presidiario suelto a quien sus compañeros de gurapas llamaban don Florestán de Calabria, y por este remoquete le conoce todo Cartagena. Es noble, según dice, y desciende de príncipes napolitanos. Vino a cumplir condena de seis años por enmiendas que hizo al testamento de una tía suya. Es hombre de historias, de lenguas, y tan perito en la escritura que no hay letra ni rúbrica que no imite". Al llegarnos otra vez a don Florestán, ya estaba el hombre frotándose las orejas con una toalla no muy limpia. Era un cincuentón de mediana estatura, cabeza romántica del tipo usual allá por el 45, ahuecada melena, bigote y perilla corta como los que usaron Espronceda y los Madrazos. Presentado a él por Leona, que le dio el nombre de Florestán, me dijo estrechándome la mano: "Ya le conocía a usted de vista y por su fama de historiador, señor don Tito. Mucho gusto tengo en ser su amigo; pero sepa ante todo que ese nombre que me ha dado doña Leonarda es broma de compañeros maleantes. Yo me llamo Jenaro de Bocángel, y mi linaje está entroncado con la nobleza española de Nápoles y Sicilia. ¿Habrá usted oído hablar de los Duques de Amalfi? Pues de ellos vengo yo por la rama paterna; con los ilustrísimos Marqueses de Taormina, residentes en Palermo, estaba emparentada mi madre, doña Celimena de Silva; y no falta en mi sangre algún glóbulo procedente de la clarísima estirpe de los Escláfanis de Siracusa. Algo más de mi persona y familia, así como de los vaivenes de mi existencia, he de contarle a usted... Antes le pido permiso para volver a mi aposento y arreglarme un poco, pues no está bien que los caballeros se presenten ante sus iguales con este desaliño de andar por casa. Hasta luego". Entró corriendo en su vivienda el tronado caballero. Mi amiga y yo nos quedamos riendo de su estampa fachosa y de sus hinchazones nobiliarias. Díjome La Brava que don Florestánera un infeliz de buena pasta y corazón muy tierno, a pesar de haber cometido el desliz de aquellas endiabladas escrituras que dieron con sus huesos en el estaró. Apenas transcurrido un cuarto de hora, que invertí dando a La Brava lecciones de lenguaje finústico, reapareció don Jenaro de Bocángel abrochándose un levitín raído, con visos de ala de mosca. El chaleco de colorines y el pantalón veraniego mostraban a la legua los ultrajes del tiempo. Las botas eran de charol deslucido y cuarteado, torcidos tacones y grietas que pronto serían ventanas; la camisa sin almidón; la corbata de color de rosa, anudada con esmero y arte. En el corto tiempo que consagró a su aliño, tuvo espacio Bocángel para peinar y alisar su melena coquetona, para darse un poquito de negro humo en las canas del bigote y un toque de rosicler barato en las mejillas. Pegando la hebra cortésmente en nuestra charla, don Florestán me dijo: "Si como parece escribe usted los grandes anales de este Cantón que tanto da que hablar al mundo, seguramente tendrá que ocuparse de mí. Pues allá van datos de este aristócrata perseguido inicuamente por haber tomado como buen caballero la defensa de la bondad y la rectitud. Me soltaron de las prisiones no por la clemencia sino por la justicia, que nunca debieron traerme a padecer entre ladrones y asesinos. No fui criminal: fui amparador de los menesterosos, abogado de la verdad, adalid del derecho. No me arrepiento de lo que hice, sino que de ello estoy muy orgulloso, pues si mi tía doña Silvia Menéndez de Bocángel procedió criminalmente privando del usufructo de sus riquezas a los parientes más próximos, yo, Jenaro de Bocángel y de Silva, en representación de toda la parentela pobre, salí a la palestra jurídica inspirado por Dios y por todas las leyes divinas y humanas. No cerré contra la injusticia armado de espada y lanzón. Mis armas fueron una pluma bien cortada y el buril de la navajita con que grabé la figura y lemas de varios sellos en la blandura de una patata. Resultó un codicilo que tuvo en confusión al tribunal por largo tiempo... Fui vencido; la sociedad, que es muy perra y muy ladrona, me destrozó con las garras de sus infames escribanos y leguleyos. Y no contenta con deshonrarme, me encerró en presidio por seis años. Pero el varón justo no se acobarda ante la adversidad, y aquí me tiene usted decidido a defender el derecho de los humildes contra la soberbia y egoísmo de los poderosos endiosados. Sostengo y sostendré que mi tía doña Silvia fue una solemne bribona legando sus riquezas a una piara de frailes inmundos y de monjas idiotas y puercas... Conque... aquí tiene usted, señor mío, un tema tan admirable que si lo campanea en su Historia, como sabe hacerlo, resonará en todas las naciones de Europa, Asia, África y América". Respondile socarronamente que trataría el asunto con entusiasmo, poniendo en el mismo cuerno de la luna la abnegación y valentía del caballero don Jenaro de Bocángel. Añadí que necesitando para llevarle a mis historias un conocimiento fiel de la vida y costumbres del personaje, de sus medios de existencia, de sus trabajos o quehaceres, le pedía licencia para estar en su compañía algunos ratos. Él, con júbilo y cortesanía, me respondió de esta manera: "No saldré en toda la tarde, ni a prima noche. A su disposición me tiene para cuanto guste indagar acerca de mí. No le ruego que me acompañe a la mesa porque ya sé que almorzó con Leonardita; además mi comida es tan sobria que sería penitencia demasiado dura para una persona como usted: un platito de cocido, tres o cuatro ciruelas y un vaso de vino de Alicante. Vivo ¡ay!, en estrechez indecorosa con dos pesetas diarias que me pasan unos parientes de Madrid". Deseosa La Brava de emprender su ronda vespertina por las calles alegres de la metrópoli cantonal, se despidió de nosotros hasta la noche, y yo me metí con don Jenaro en la mísera covacha donde escondía su degenerada grandeza. Después que devoró con famélicas ansias el comistraje que le sirvió una mujer desgreñada y andrajosa, mostrome el caballero un montón de cartas recibidas de Madrid y las contestaciones que él había ya medio escrito. Díjome que se consagraba exclusivamente al magno asunto de humanidad y justicia por el cual había roto lanzas en la ocasión que motivó la execrable sentencia. Hasta morir seguiría luchando, y esperaba que un triunfo glorioso coronase al fin sus trabajos y horrendo sacrificio. Entre varias cartas me leyó una que dijo ser de una prima suya, señora linajuda que de su dorada opulencia había descendido a la triste condición de patrona de huéspedes de a tres pesetas. De los trozos de cartas leídos, el más extraordinario, peregrino y despampanante fue éste: "Ya puedo asegurar que antes de fin de año se proclamará en Madrid el Cantón que llaman Carpetano, centro y cabeza, según me ha dicho mi sobrino Policarpo, de los demás Cantones de la España. Entonces, Jenaro de mi vida, será la nuestra. Porque tú con tus influencias y Policarpo con las suyas, que no son flojas, echaréis por tierra esas leyes inhumanas que nos han despojado de lo nuestro para dárselo a la mano muerta, como tú dices, o a la mano demasiado viva y sucia, como digo yo... Castelar está dado a los demonios. Ve venir el Cantón y no le llega la camisa al cuerpo. Mi opinión es que si este papagayo quiere hacerse cantonalista, para seguir en candelero, debéis mandarle a escardar cebollinos". Después de celebrar con ditirambos de júbilo estas graves noticias, sin poner en duda su certeza, agregó Bocángel que no era de su gusto el nombre de Carpetano con que los madrileños querían bautizar el nuevo Cantón. Mejor sería llamarle Mantuano, voz que se acomodaría fácilmente al criterio del vulgo... En el curso de nuestra conversación me mostró luego el de Calabria ejecutorias de familia de los siglos XVII y XVIII, escritas en lengua italiana y fechadas en Palermo. A pesar de lo rancio del papel y de lo arcaico de la escritura, no creo pecar de malicioso diciendo a mis lectores que en los tales documentos había puesto su hábil mano el propio don Florestán, insuperable calígrafo según pude apreciar por las diferentes obras de su pluma que pasaron ante mis ojos... Dejéle al fin en su febril tarea epistolar, doliéndome de la incurable vesania de aquel pobre hombre, más digno de los cuidados de una casa de orates que de los rigores del presidio. Volvime al centro de la ciudad en busca de alguna noticia substanciosa o siquiera chismes políticos dignos de ser contados. Cerca del Arsenal me encontré a Fructuoso Manrique y al cartero Sáez, por los cuales supe que los vigías del puerto señalaban hacia poniente tres barcos de gran porte que, según creencia general, eran de la escuadra centralista mandada por el contralmirante Lobo. Así en el Arsenal como en las calles de la población advertí que pueblo y Milicias ardían en entusiasmo ante la proximidad de una naval refriega con los buques del Gobierno, a los cuales pensaban derrotar y destruir precipitando sus despojos en las honduras del reino de Neptuno. Cené con Alberto Araus, Ministro de Servicios Públicos(léase Fomento), el cual participaba del general furor y bélico optimismo, anhelando la más alta ocasión que vieron los pasados siglos y esperan ver los venideros. A este propósito dijo: "En el nuevo Lepanto nosotros seremos la Cristiandad y ellos la bárbara Turquía". Al retirarme a mi fonda encontré a La Brava que iba de vuelta para su casa. Acompañela hasta la plaza de la Merced, y sentados en un banco charló conmigo de cosas diferentes, entreverando estas donosas consultas: "Tú que eres tan sabio, don Tito, dime: ¿qué significa inocular?... Explícame también qué quieren decir estas palabritas: bajo el punto de vista económico...". Con toda la claridad posible contesté a sus preguntas, y ella me dijo: "Yo me pensé que económico y economía eran cosa de ahorrar; y eso bien lo entiendo, que ahorrando estoy y todos los días meto en una media lo que me sobra. Así voy ajuntando para mi mantención en Madrid hasta que se me arregle el negocio. Por tu salud, Tito mío, no digas nada a nadie, que si se entera ese granuja de Cándido será capaz de ir tras de mí y darme la gran desazón... Yo te aseguro que Leona la Brava dará que hablar en los Madriles. Y ahora te suplico que mientras esté en Cartagena me des lección en todo lo tocante a palabras finas, modos de saludar, de comer, de presentarse ante la gente, con los toquecitos de gracia, chispa y salero que allí se estilan entre personas que a un tiempo son alegres y de buena educación. Enséñame todo esto, que ya te pagaré el favor algún día en parné del mejor cuño". Prometile ser su catedrático, siempre que ella se corrigiera de emplear en la conversación dicharachos flamencos, y ella me dijo: "Por la gloria de tu madre, Titín, pégame un cate siempre que me oigas decir alguna de esas porquerías. Me propongo que no salgan de mi boca, y se me escapan por la fuerza de la costumbre. ¡Estará bueno que en Madrid, cuando me vea con personas bien habladas, suelte yo un diquelar, un mangue, un cangrí...! Ten por seguro que la ambición de esta borrica que quiere afinarse ha de ir muy lejos. Ya me estoy viendo entre medio de tantismo señorío. Me gustaría mucho trincar a uno de esos marimandones que llaman hombres públicos, y embobarle de tal modo que no se atreva a respirar sin mi licencia. Yo le daría la mar de consejos, señalándole las teclas que habían de tañer para gobernar al pueblo con decencia y justicia, con lo cual, figúrate, vendrían a bailarme el agua todos los lambiones de la Política, saldría mi nombre en los papeles y me daría más charol que un dichabaró. ¡Ay, se me ha escapado! Pégame, Tito. Dichabaró quiere decir gobernador". No sigo relatando la evolución de estalumia, que quería elevarse de un salto en la escala social, porque otros hechos que parecen traer médula histórica requieren mi atención. A las siete de la mañana del 11 de Octubre salieron de Cartagena las fragatas Numancia, Méndez Núñez, Tetuán y el vapor Fernando el Católico (Despertador del Cantón), haciendo rumbo hacia cabo de Palos en busca de la escuadra centralista, compuesta de las fragatas Vitoria, Almansa, Navas de Tolosa, Carmen, las goletas Prosperidad y Diana, y los vapores Cádiz y Colón, al mando del contralmirante don Miguel Lobo. III Subime a Galeras para ver la función, que por las trazas había de ser imponente, aunque ninguna de las dos escuadras era digna de tal nombre, pues cada una contaba tan sólo con un barco de combate. En realidad, el duelo se entablaba entre la Numancia y la Vitoria. Los demás buques eran unas respetables potadas que no servían más que para hacer bulto. Ni con ayuda de los buenos catalejos del castillo pude ver gran cosa; pero como el cartero Sáez y algunos de los Voluntarios y soldados de la fortaleza tenían ojos de águila, con lo que ellos me contaron y lo poco que yo pude distinguir aderezo mi relato en la siguiente forma: Eran las doce próximamente cuando la Numancia se separó más de una milla de sus inválidas compañeras, y a toda máquina se coló en medio de los barcos centralistas. Luchó sola contra los buques de Lobo, que la rodearon disparando sobre ella todos sus cañones. Mas era tal la pujanza de la fragata, cuyo nombre se inmortalizó en la guerra del Pacífico, que salió ilesa de aquella embestida temeraria. Hizo nutrido fuego con sus baterías de babor y estribor, y rompiendo el cerco viró con rapidez, sin cesar en sus disparos. Llegaron después al combate las apreciables carracas Méndez Núñez y Tetuán, y la Vitoria dispuso sus garfios de abordaje intentando hacerse con la más próxima, que era la segunda. Ésta disparó sus andanadas con brío, causando algún estrago en la cubierta de la Vitoria, la cual, teniendo que acudir en auxilio de sus compañeras centralistas a las que seguía cañoneando la Numancia, no pudo realizar el abordaje ni hacer cosa de provecho. El vapor-goleta Cádiz izó bandera de parlamento cuando uno de sus tambores fue destrozado por los disparos de la Numancia. La Carmen y la Navas de Tolosa sufrieron bastantes averías, y como por nuestra parte la Tetuán y la Méndez Núñez habían agotado sus escasas fuerzas, quedó concluso el combate poco después de las dos de la tarde. Los barcos cantonales pusieron proa a Cartago Espartaria, y Lobo se retiró mar afuera. Se me olvidó decir, para terminar la descripción de aquel Lepanto en zapatillas, que a bordo de la Numancia iba el General Contreras, y en las demás naves del Cantón varios individuos de la Junta Soberana. Desde Galeras vi que al llegar al puerto los combatientes se les hacía un recibimiento loco, con gran algazara de vítores, aplausos y otras demostraciones, cual si volvieran de un Trafalgar al revés trayendo la cabeza de Nelson. Estos ruidos de la pasión local y del entusiasmo sectario son la música inevitable que ameniza nuestras civiles contiendas por un sí o por un no... Luego supe que los cantonales traían cinco muertos, entre ellos don Miguel Moya, vocal de la Junta Suprema o Soberana. En el tiempo que estuve en el castillo de Galeras hice amistad con un hombre muy avispado, cuyos ojos suplieron a los míos en la visión del lejano combate. Su vista superaba a la de las gaviotas, y todo lo refería como si los objetos se acercasen hasta ponerse a tiro de fusil. El mismo me reveló con donosa franqueza, su condición de presidiario, diciéndome que la condena había sido por diez años, y que sólo le faltaban meses para cumplirla cuando el Cantón le puso en libertad. De las causas que motivaron su encierro no me dijo nada ni osé yo preguntarle. Era de buen talle y agradable presencia, uno de esos hombres de naturaleza tan peregrina que a los sesenta años conservan una dulce jovialidad y el contento de vivir. Sus canas se armonizaban con sus ojos azules de expresión bondadosa, y su palabra era fácil, serena y de perfecto casticismo en la dicción. David Montero, que así se nombraba, había ejercido antes de su delito la profesión de mecánico, dedicado casi exclusivamente a la compostura y arreglo de instrumentos de náutica. Tal era en el Departamento la fama de su habilidad, que tuvo siempre la tienda llena de sextantes, octantes, brújulas, barómetros aneroides, y no faltaban cronómetros, pues era también consumado relojero. Apurábanle sus clientes, y él, infatigable, a duras penas cumplía aumentando las horas de trabajo. Cuando bajábamos del castillo, David me contó que al entrar en prisiones, otros mecánicos vinieron a suplirle, estableciéndose en Cartagena. Él, en tanto, logró con su buena conducta que el jefe del presidio le consintiera montar un reducido taller en las estancias altas del penal, con lo que alivió la pesadumbre del ocio y la tristeza, granjeándose algunos dineros para mejorar las condiciones materiales de su vida. Al despedirnos en la Plaza de las Monjas ofreciome su casa, situada en lo más alto de la ciudad, no lejos de la vieja iglesia románica. Díjome que gustaba de vivir lo más cerca del cielo, pues con la libertad le habían entrado aficiones astronómicas. Prometí visitarle para conocer sus nuevos estudios... A poco de separarme de él para ir al Ayuntamiento encontré a Pepe el Empalmao, el cual me dijo que David Montero fue condenado por dar alevosa muerte a su manceba y a una guaja con quien la sorprendió en malos pasos. El entusiasmo de Cartagena por el primer choque naval continuó con hervor creciente en los días sucesivos. El 14 de Octubre, la Junta Soberana acordó un plan de combate: luchar hasta vencer o quedarse sin un barco, según la espartana frase de la Gaceta del Cantón. En la mañana del 15 salió la escuadra en busca de los barcos de Lobo, que se hallaban a la vista. A retaguardia, en el famoso Despertador, iban el bíblico Roque Barcia y Manolo Cárceles, en representación de la Junta Suprema, para hacer cumplir las disposiciones estratégicas de ésta y resolver sobre cualquier incidencia que ocurriese en el curso de la batalla. Navegaban los buques de combate en correcta línea, y apenas divisaron los barcos centralistas éstos se pusieron en orden conveniente para afrontar la lucha. Cuando ya estaban los adversarios a tiro de cañón adelantose la Tetuán rompiendo el fuego contra la bárbara Turquía, como dijo Alberto Araus. Apenas recibieron los primeros balazos, las naves centralistas viraron en redondo, poniendo rumbo al Sur en franca retirada. Los cantonales las persiguieron cerca de cuarenta millas hasta perderlas de vista, y regresaron a Cartagena, quedando roto el bloqueo por mar. No hay que decir que cuando entraron en el puerto los que se llamaban vencedores se repitieron las inevitables alharacas y la greguería jubilosa. Al consignar que a bordo de las naves cantonales iba lo más granado y florido del personal revolucionario, debo decir y digo que el único hombre de mar y de guerra marítima que a mi parecer merecía ser recordado en la Historia era un tal Alberto Colau, contrabandista, hijo de Alicante y tan familiarizado con las aguas mediterráneas y con los peligros del navegar y del combatir, que entre toda la gente llegada de diversas partes a la República Cartagenera no se pudiera encontrar quien le igualase. Le conocí el mismo día 15, a poco de saltar en tierra, y quedé maravillado de su espléndida y arrogante facha. No era menester ciertamente el auxilio de la fantasía para ver en aquel hombre la resurrección del tipo del corsario que en los tiempos de la piratería heroica llenó los anales del mar Interno. Descollaba Colau entre la muchedumbre por su robusta complexión y lucida estatura, por su curtido rostro y el mirar flamígero de sus ojos negros. Como el azabache eran también sus cabellos crespos, sus cejas pobladas y el bigotazo que perpetuaba la tradición de la moda turquesca. Coronaba su cráneo con el fez rojo, complemento, en cierto modo histórico, de la figura de aquel Barbarroja redivivo. Andando los días se vio un gorro colorado en el puente de la Numancia, de donde vino el atribuir a Contreras el uso de tal prenda. No; el fez no era de Contreras, sino de Colau, y éste, a juicio de un historiador psicólogo, la figura más saliente, pintoresca y castiza del Cantón Cartaginés. La bravura pirática del arrogante aventurero se llama hoy contrabando, que viene a ser lo mismo con diferencias de tiempo y lugares. En sus faluchos de vela, Colau desafiaba las olas y la persecución de las escampavías del Resguardo. Cuando la astucia no le bastaba y era preciso emplear la violencia, no vacilaba en derramar sangre. Empezadas sus correrías en Gibraltar, se trasladó luego a Orán, donde obtuvo provecho mayor y campo de operaciones más extenso. De la costa argelina nos traía tabaco, licores, telas, quincalla y otras mercancías vigiladas por nuestros aduaneros. A los vistas de acá, unas veces les cerraba los ojos, y otras les rompía la cabeza. Con este ten con ten y un ardor infatigable, hizo Colau en poco tiempo una fortunita y vivía en Orán como un bajá, con su mujer y sus hijos, bien quisto de los franceses y de la colonia española. De él se contaba que nunca se le acercó un necesitado sin que al punto le socorriese, y en la misma Cartagena era el amparador de todas las personas o familias que, perseguidas por el Centralismo, se habían refugiado en la Plaza. Con la fiereza del continente y rostro de Colau contrastaba la blandura de su trato en la vida social. Era cariñosísimo y a veces hasta pueril. Al estallar la revolución cartagenera se presentó en la Plaza ofreciendo sus servicios a la Junta Revolucionaria, que los aceptó en el acto dándole el mando de la fragata Tetuán, la cual manejó y gobernó desde el primer momento con la misma destreza que solía desplegar en el gobierno y mando de sus faluchos... Pasé una tarde con él y otros amigos en el café de la Marina, charlando de aventuras guerreras en el mar y en la costa. Colau nos refirió terribles episodios de su lucha contra las olas embravecidas en los duros Levantes, que mil veces le pusieron a dos dedos de caer en los profundos abismos. Nos contó también alijos que por su descomunal audacia parecían fabulosos, y peripecias trágicas de sus encontronazos con los aduaneros y demás patulea del Fisco. A la gentil cortesía de Cárceles debimos aquella tarde el obsequio de jerez y pastelillos, y en la alegría del beber y del charlar suplicamos al contrabandista nos dijese el porqué ostentaba en el ojal de su chaqueta el botoncito rojo de la Legión de Honor. Con modestia ruda evadió Colau la respuesta, queriendo llevar a otros asuntos el vago coloquio. Pero Manolo Cárceles, tan indiscreto en aquel caso como amante de la verdad, nos refirió el hecho heroico que había motivado aquella distinción, empezando por decir que Francia no concede nunca tales honores más que al mérito indudable. Horroroso temporal de Levante descargó una tarde sobre Orán, con furibundas rachas de viento y olas como montañas, que en pocos minutos destrozaron la escollera del nuevo puerto en construcción. En lo más duro de la borrasca presentose a la vista un trasatlántico francés, que traía de Marsella pasajeros de diferentes clases sociales, y entre ellos gran número de mujeres y niños... Muy apurado venía el barco por los accidentes de una tormentosa travesía, y al querer tomar puerto se le vio a punto de zozobrar, estrellándose contra las peñas o los bloques de la escollera destruida donde reventaban las olas. En el muelle estaba casi todo el vecindario de Orán, con ansiedad y espanto, pues muchas familias tenían seres queridos entre los pasajeros del vapor. Nadie osaba intentar el salvamento, que era poco menos que imposible en condiciones tan aterradoras. De pronto apareció entre la multitud un hombre... Este hombre era Alberto Colau... que con fuerte y altanera voz dijo así: "¡Cobardes! Si no hay quien me siga yo iré solo a salvar los que pueda. Si alguno me acompaña, mejor". Cuatro o seis marineros se adelantaron, dispuestos a secundar al español en su hazaña. Metiéronse todos en una lancha grande, con vela y remos, y desafiaron impávidos el oleaje furioso. Al cabo de algunos ratos de indecible angustia realizó Colau el primer salvamento. En la segunda tentativa, que fue la más emocionante, se veía desde el muelle la lancha de Colau, a veces balanceándose en la cresta de una ola formidable, a veces precipitándose en la hondonada líquida... Por momentos desapareció... Creyeron los angustiados espectadores que no volvería; pero volvió, ¡hurra!, trayendo unas señoras lívidas y unos niños llorosos, mojados todos hasta los huesos... Los marineros bogaban con sereno coraje; Colau, en pie, las melenas al aire, llevaba el timón, empuñando la caña con tal fuerza que no le superara el propio Neptuno... El tercer viaje fue más benigno. Las mismas olas parecían inclinarse respetuosas ante la intrepidez de aquellos hombres. Cuando terminó el salvamento y pisaron tierra todos los náufragos del vapor, se produjo una indescriptible escena sentimental: abrazos, besos, exclamaciones, llantos de alegría. Alberto Colau, desentendiéndose de las manifestaciones de cariño y gratitud, tomó con sereno continente el camino de su casa. "Ahí le tenéis - dijo Cárceles al poner término a su relato -. Ahí tenéis al héroe, ostentando en su pecho la insignia de la Orden de Caballería más acreditada que existe en la Edad Moderna, recompensa de su esforzado ánimo y de su amor a la Humanidad". - Caballero fui siempre y caballero soy - dijo Colau, contraviniendo discretamente su natural modestia -. La Orden del Contrabando pide arrojo temerario, paciencia en las adversidades, calma y tino cuando sean menester, liberalidad, sangre fría, prendas que entiendo yo son y han sido siempre la mejor gala y adorno del alma de los caballeros. IV Fáltame decir, para redondear la personalidad de Colau, que en el trajín del contrabando también comerciaba. En aquellos tiempos era muy estimado en el Norte de África el aljófar, perlitas pequeñas y mal configuradas con que las moras adornan y recaman sus chaquetillas, sus fajas y babuchas. Como en España venía desmereciendo este artículo, multitud de tratantes en pedrería iban de pueblo en pueblo comprándolo para llevarlo a Marruecos y Argelia. A igual tráfico se dedicó Alberto Colau en Cartagena, extendiéndose no más que a Lorca, Totana y Murcia. Redondeaba su especulación trayendo de África zafiros y esmeraldas que en España tenían cotización muy alta. Dicho esto, añadiré que aquella misma noche cenábamos Fructuoso Manrique, Cárceles, Alberto Colau y yo, en el propio café de la Marina, cuando vimos entrar fachendosa y arrogante a La Brava, que agarrando con desgaire una silla se plantó en nuestro corro junto a Colau, acometiéndole con esta viva requisitoria: "Eh, Alberto, cómprame ahora mismo este aljófar que te traigo. Dispensen los señores y sigan comiendo, que no vengo a cenar, sino a mi negocio". Diciéndolo sacó un envoltorio de papel de periódico en que guardaba un puñado de perlitas, y así prosiguió: "Las he recogido entre mis amigas. A ver cuánto me vas a dar, judío arrastrao. Yo quiero por ellas veinte chus, o por lo menos una jara". Dejó Colau el tenedor, y risueño, sopesando la mercancía, dijo a la moza: "Pero si esto no vale más de doscientos rumbelesa todo tirar. En fin, ya hablaremos. ¿Quieres cenar?". Rechazó La Brava con donosura el galante ofrecimiento, y todos reiteramos con alegre algazara la invitación: "¿Quieres huevas de jumol? ¿Una copa de jerez? ¿Dátiles de mar? ¿Un pastelillo de estos de crema que están tan ricos?". - Bueno - exclamó Leona arrimando su silla en el hueco que le hicimos y cogiendo el primer plato vacío que encontró -. Venga alguna cosita. Pero déjenme que siga con mi negocio. Yo todo lo miro ya bajo el prisma de mi economía. - Ya, ya sé por Dorita - dijo Fructuoso- que acumulas fondos para irte a Madrid y hacerte un buen cartel en la cocotería elegante. -¡Calla, malange, tú qué sabes de eso! - replicó ella, atizándose una copa de Jerez -. Yo necesito cuartos porque me voy volviendo muy regalona. Díganle a este perro de Colau que tenga conciencia y me pague por el género lo que le pido. - Yo te daría eso y más - repuso Alberto- si hicieras caso de mí. ¿Qué demonio vas tú a pintar en los Madriles? Allí no hay más que pobretería finchada y figurones políticos que no tienen ni un calé... Repito lo que te he dicho mil veces. Cuando acabe este jollín del Cantón en que estamos metidos, vente a Orán conmigo. Verás qué tierra, chica. Allí encontrarás la mar de franceses tontos y ricos. ¡Qué fácilmente los podías pescar, gitana, con el anzuelo de esa carita! Pues digo; si le caes en gracia a uno de aquellos morazos podridos de dinero, que se pirran por las españolas, ¡ay morena!, te cubres el riñón para toda la vida. - No me hables a mí de tierras extranjeras - contestó La Brava -. Yo tiro siempre al españolismo... La Madre Patria necesita de todos sus hijos, como dice don Roque... y de todas sus hijas, digo yo. La respuesta de Alberto Colau a estas sesudas consideraciones fue coger el papel donde estaba envuelto el aljófar, y sacar de su repleto bolso varias monedas de oro y una de plata, que entregó a la mozanca, añadiendo estas expresivas razones: "Pierdo dinero. Allá no pagan el adarme de aljófar más que a seis pesetas. Pero en fin, para que no chilles te doy la jara y un chus de propina". Continuó la conversación alegre. Mientras Leona devoraba pastelillos, jamón en dulce y otras frioleras, humedeciéndolas con Jerez, todos le dirigíamos chicoleos, anunciándole los grandes éxitos que había de obtener en Madrid. Ella nos atajó diciendo: "No hablen de eso, que el diablo las carga. Estoy perdida si mi marido se entera. Cándido no me deja vivir, me persigue, me acosa. Ese condenado parte del principio de que yo soy rica, y cuando me niego a darle dinero se pone fosco... Temo que el mejor día me mate como mató a mi madre... Si le da por seguirme a Madrid... No quiero pensarlo... ¡Sálveme la Virgen de la Caridad!". Desde allí nos fuimos todos al teatro Principal, donde había función de aficionados. Representaban un dramón, obra de dos autores indígenas, titulado Glorias del Cantón y perfidias del Centralismo. Camino del teatro, La Brava, cogiéndome del brazo y retrasándonos del grupo, me dijo con misterio: "Explícame ahora mismo qué quiere decir en tesis general, porque anoche Juanito Pacheco, el hijo del Marqués de Águilas, que es un chico que habla muy requintado y siempre con mala idea, me dijo que yo y otras como yo éramos, en tesis general, lindas bestias sin alma. Lo de tesis me ha escocido, créelo. Dime si es alguna desvergüenza, porque yo no aguanto ancas de nadie". Solté la risa y le contesté que no era fácil explicarle el significado de la palabra tesis, pues tendría yo que emplear en mi lección otros vocablos incomprensibles para ella; que no hiciera caso; que ya iría aprendiendo eso y mucho más en el trato con la gente de Madrid. Persistiendo Leonarda en sus anhelos instructivos, me dijo: "También hablaron anoche de que a Pepito le da por la ironía. Para mí que la ironía es como quien dice la viceversa de las cosas". - Así es - repliqué yo -. Veo que tú sola vas aprendiendo con tu propia inteligencia y criterio. ¡Adelante, mujer de los alegres destinos! En esto llegamos al teatro. Leona no quiso entrar. Su marido hacía el papel de traidor centralista, y por bien que ella se escondiese entre los espectadores no podría evitar que el indino saliera al público para darle la matraca y corromperle las oraciones. La tesis general de Cándido Palomo era emborracharse todas las noches... Retirose mi amiga a su casa, muy satisfecha con la guita que le había sacado a Colau, y los demás entramos a ver la función. El frenesí patriótico que en su drama pusieron los inocentes autores, no atenuaba los disparates de fondo y forma. Sin pararnos en estos pelillos aplaudimos hasta desollarnos las manos. En los siguientes días supimos que el contralmirante Lobo dio cuenta de su retirada al Ministro de Marina, en términos que ha conservado la Historia para conocimiento de hombres y sucesos. Era Lobo un técnico excelente, autor de obras muy estimables; mas en el mando naval no pudo poner nunca su nombre a la altura de su suficiencia científica. He aquí lo que telegrafió al señor Oreiro: "Hoy 15 de Octubre han salido otra vez las fragatas insurrectas en orden de batalla. La Numancia iba un poco delante, pero sin romper la línea de los otros buques, y formando con ellos un muro de hierro. Todos maniobraban muy bien y parecían mandados por jefes expertos. En vista de lo cual, y teniendo que reparar algunas averías y proveer de carbón, he ordenado partir con rumbo a Gibraltar". Bañándose en agua de rosas quedaron los cantonales con la inexplicable inhibición, por no darle otro nombre, del Contralmirante Lobo, y era general creencia que ello se debió al respeto que le impuso el acertadísimo plan y perfecta organización táctica de las naves de Cartagena, obedientes a las órdenes del contrabandista. Los amigos y admiradores de éste le dimos desde aquel día título y diploma de marino de guerra, llamándole, entre veras y bromas, el Comodoro Colau. La mejor prueba de que Lobo no supo engallarse ante los barcos cantonales en su segunda salida fue que le censuró duramente el General Ceballos, sucesor de Martínez Campos en el mando de las tropas sitiadoras de Cartagena. El Gobierno Central destituyó a Lobo en el mando de la escuadra, nombrando para este puesto al Contralmirante Chicarro. Fueron asimismo reemplazados el comandante de la Navas de Tolosa y el segundo de la Blanca. Fuera de la feliz aventura del Despertador del Cantón que apresó una goleta cargada de bacalao, lo que trajo gran alivio a la plaza mal surtida de víveres, no hay sucesos dignos de mención hasta la salida de la escuadra para Valencia con los mismos barcos y los propios jefes que en las anteriores correrías llevara. Para el mejor desempeño de mis deberes croniquiles embarqueme en el Católico Despertador, desoyendo las amonestaciones de David Montero y de La Brava, que al despedirme en el Arsenal me vaticinaron una jugarreta del Destino. Leona había echado las cartas, y David consultado el inmenso libro del firmamento. Ambos presagiaban que tendríamos unas miajas de catástrofe. Pero yo, que nunca di crédito al lenguaje de las estrellas ni al de los naipes, me agregué a la expedición tranquilo y confiado. ¡Ay, ay; cuán equivocado estaba yo y cuán en lo cierto aquellos buenos amigos! Sabed, lectores compasivos, que cuando habíamos rebasado de Alicante, montado ya el cabo Huertas... Pero dejadme tomar aliento, pues se trata de uno de los más apretados lances de mi vida. El Despertador iba de vanguardia, con mar llana y tiempo cerrado de niebla. A la madrugada, cuando bajo cubierta dormían todos los tripulantes, menos una veintena que huyendo de la pesada atmósfera de cámaras y sollados subimos a pasar la noche con los que hacían servicio a proa y en el puente, fuimos sorprendidos y aterrorizados por la visión de un corpulento barco que se nos echaba encima. Era la Numancia. Nuestro timonel inició una virada rápida, mas con tan mala suerte que el formidable espolón de la fragata embistió el costado de estribor de nuestro barco, hizo añicos la rueda y abrió un inmenso boquete en el departamento de calderas y máquinas. Aunque en la Numancia dieron contra vapor apenas divisaron al Católico, no se logró evitar el desastre. No podréis imaginar la confusión, el espanto de los que estábamos sobre cubierta. El Despertador se hundía rápidamente como un cesto cargado de plomo. Empezó a salir gente por las escotillas. No hubo tiempo de arriar nuestros botes, y si no es por los de la Numancia, que acudieron con presteza, todos habríamos perecido. Ya tenía el Católico la popa bajo el agua cuando yo salté, no sé cómo ni por dónde, a un chinchorro que estuvo a punto de zozobrar por los muchos hombres que en él se metieron. En tan horrible confusión caí al agua y fui recogido por unos marineros que luego vi eran de la Tetuán, pues entre ellos estaba Alberto Colau. A éste debí mi salvación, que todavía creo milagrosa. Mi primer pensamiento fue para recordar las fatídicas predicciones de La Brava y David Montero. La escena era espantosa: vi a muchos infelices que nadaban desesperadamente, tratando de agarrarse a los pocos salvavidas que fueron arrojados desde el buque náufrago. Desgarradores gritos aumentaban el horror de la catástrofe. Yo también grité llamando a mi machacante... ¡Cándidoo!... ¡¡Palomo, Palomo!!... Ni éste me respondió ni le vi entre los que luchaban angustiosamente con las negras aguas... Cuando estábamos como a diez o doce brazas del siniestro, noté que del Católico sólo se veían ya los palos, la chimenea y un poco del tambor de babor. Al reconocerme seguro en la cubierta de la Tetuán, tropecé con un contramaestre del Despertador y le pregunté por Palomo. "Dormido estaba como un leño - me dijo -. Quise despertarle; le tiré de una pata; no rechistó. Ajogado estará". El primer cuidado de los supervivientes fue calcular el número de víctimas. Unos decían que eran ciento y pico; otros que no pasaban de treinta. Luego quedó fluctuando la cifra entre sesenta y setenta... Consagrado por todos un pensamiento de fúnebre despedida a los que habían perecido y al pobre Despertador, la escuadra cantonal siguió su ruta. Llegamos al Grao de Valencia, donde estuvimos fondeados tres días y medio. No pudiendo obtener de la plaza lo que pedíamos, arramblamos con los barcos mercantes Darro, Victoria, Bilbao y Extremadura, cargados de víveres, tejidos y otros artículos de comercio. Nuestro arribo a Cartagena fue el 22 de Octubre si no me engaña mi flaco sentido en la cuestión de fechas. Salté en tierra con botas prestadas y una gorra de marinero, pues perdí las prendas mías equivalentes en las ansias del naufragio. En la plaza de las Monjas encontré a La Brava, que ya tenía noticias del desastrado fin de su caro esposo. Inquieta y medrosica me preguntó por él, y yo le dije sin preparación ni melindres que ya podía tenerse por viuda. No se cuidó la buena moza de disimular su alegría, y me consultó si estaba en el caso de vestirse de luto por el bien parecer. Mi opinión fue que si tenía ropas negras debía ponérselas, siquiera unos cuantos días, a lo que me respondió que algunos trapitos conservaba del luto que llevó por su madre, añadiendo: "Con mi ropa negra y la cara un poco afligida representaré muy a gusto lo que llama Juanito Pacheco la comedia social. En igualdad de circunstancias, igualdad de sentimientos y luto al canto. Ahora lo llevaré como huérfana y como viuda, y tú podrás mirarme bajo el prisma que quieras". Me acompañó hasta mi fonda en la calle del Cañón, y por el camino me habló de este modo: "A pesar de lo que me has dicho, no acabo de creer que ese posma de Cándido haya perecido. Tiene más picardías que un gato soltero, y puede que se haya hecho el náufrago para cuando una esté harta de llevar luto aparecerse en alguna isla desierta de las que llaman Columbretes, o Filipinas de la mar Caribe". El 24 de Octubre apareció nuevamente en aguas de Cartagena la escuadra centralista, al mando del Contralmirante Chicarro, reforzada con la fragata Zaragoza, que había venido de Cuba. Los barcos de Chicarro cruzaban sin cesar frente a Escombreras; pero el bloqueo no era de gran eficacia porque de noche, sin luces, entraban embarcaciones menores que mantenían en regular abundancia el abasto de la ciudad. En una de mis excursiones a Santa Lucía, visité al desdichado prócer maniático don Florestán de Calabria, a quien hallé muy abatido y macilento por efecto del frío que vino con las primeras lluvias de Noviembre. Envuelto en una manta vieja y rota continuaba arrimado a la mesa en la fementida estancia que era su mísero albergue. Cubría sus pies descalzos con una mugrienta toquilla de su casera, y no dejaba de la mano la tarea de contestar con tembloroso pulso la copiosa correspondencia de sus parientes de Madrid. Como en aquellos días de recogimiento había dejado de pintarse la perilla y los pómulos, tuviérasele por envejecido en dos o tres lustros. Lástima grande me inspiró el caballero sin ventura, y atento a remediarle volví aquel mismo día con la modesta ofrenda de unas babuchas de orillo, un gorro de pellejo y un chaquetón, deslucido pero en buen uso, que me compró para este fin Alonso Criado, el camarero de la fonda. No necesito decir cuánto agradeció mi pobre amigo aquellas prendas, demostrando su necesidad con las prisas que puso en estrenarlas. Al estrecharme las manos con honda emoción se le saltaron las lágrimas, y como advirtiese yo que al llanto siguieron desaforados bostezos, comprendí que su mal no era sólo de frío sino de hambre. Saqué del bolsillo algunas pesetas para ofrecérselas con efusión sincera; pero no quiso tomarlas. Se puso de mil colores, rechazando el socorro. Su delicadeza, su dignidad de hombre linajudo, le permitían quizás admitir un obsequio de la amistad, siempre que éste fuera en especie; dinero jamás admitiría. El oro y la plata ofrecidos a título de caridad causábanle un horror invencible. Luego añadió: "Mi patrona o casera me dará de comer mientras el bloqueo de la plaza impida la llegada del correo que ha de traerme... fondos". Pasado un rato me dijo: "Siéntese a mi lado un momento y le pondré al tanto de las graves noticias que tengo de Madrid. Cierto es que Castelar ha restablecido la disciplina, aplicando severos castigos; cierto es también que ha reconstituido en su antiguo ser y estado el Cuerpo de Artillería. Pero con todo esto sepa usted que el Cantón Mantuano será un hecho muy pronto. Nos lo traerá el mismo Castelar. Aquí tengo textos fehacientes... las cartas de mi sobrino Policarpo que está muy bien enterado de todo y es el brazo derecho de don Emilio. ¿A que no adivina usted quiénes ayudarán al Presidente a traernos el Cantón? Pues los generales de más nota, y entre éstos el más decidido es... ¿quién dirá usted?... el General Pavía... Don Manuel Pavía y Alburquerque... Eh, ¿qué tal?... Aquí, aquí están los textos. Véalos". V Las visitas que en los siguientes días hice a don Florestán de Calabria me proporcionaron agradables ratos de parloteo con La Brava en su propia habitación. Mostraba Leona bastante inquietud ante el cerco que a la ciudad ponían las tropas centralistas mandadas por Ceballos, activando cada día más los trabajos de fortificación y atrincheramiento. "A mi juicio- me dijo Leonarda torciendo la boquita como hacía siempre que pronunciaba palabras escogidas - pronto empezarán nuestros contrarios a zurrarnos de lo lindo, y tanto apretarán el sedio que no podrá entrar ni salir bicho viviente. Si tuviera yo mi economía en todo su pogeo, quiero decir si hubiera ajuntado dinero bastante, mañana mismo saldría de naja para Madrid". Respondile que tuviera sosiego porque el sitio no había de ser muy duro. ¿Por qué no aplazar el viaje hasta fin de año? En un momento de afectuosa intimidad me salió de la boca el chispazo de estas palabritas: "No juraré yo, pecador de mí, que no te acompañe para hacer tu presentación en el gran mundo, que solemos llamar de mi - monde". Movido de no sé qué atracción inexplicable, visité también por aquellos días a David Montero. Este hombre me interesaba enormemente por su natural agudeza, por su vida laboriosa y trágica. Si eran dignos de estima los pensamientos que en el curso de la conversación mostraba, no lo eran menos los que a medias palabras y con velos de reserva dejaba traslucir. Cuando le conocí se me mostró como habilísimo mecánico de instrumentos menudos y sutiles. Después, en su casa, se me reveló como astrónomo con puntas de nigromante. Últimamente advertí en su taller apuntes, papeles llenos de guarismos y trazos lineales que indicaban estudios de Aritmética y Geometría. Una mañana, al traspasar los umbrales del hogar de Montero, situado como he dicho en los altos de la vieja Catedral, tropecé de manos a boca con una mujer que, si no era la propia Doña Aritmética era el mismo demonio, transfigurado para volverme tarumba. Trémulo y confuso le pregunté: "¿Pero es usted Doña Aritmética?". Y ella me contestó entre asustada y burlona: "No señor; no me llamo Demetria, sino Angustias para servir a Dios y a usted". Repuesto de mi sorpresa pude advertir que había semejanza de facciones entre la servidora de Floriana y la criada de David, sólo que ésta era mucho más madura y peor apañadita. Poco después, cuando Montero me daba cuenta de la parte no reservada de sus trabajos, entró a llevarle café otra anciana vestida de negro, en quien de pronto vi pintiparada la imagen de Doña Geografía. También entonces expresé mi curiosidad, y ella repuso: "No me llamo Sofía sino Consolación, y soy de Totana para lo que usted guste mandar". - Pues mire, don Tito - dijo a la sazón David, riendo -. En broma llamo a esta buena mujer Doña Geografía, porque sabe de memoria los nombres de todos los pueblos del país murciano. No era la primera vez que sufría yo tales equivocaciones. Algunos días sentíame perseguido por fantasmas, reminiscencia de mi antigua navegación por el inmenso piélago suprasensible. Sin saber cómo, nuestra conversación recayó en el asunto del cerco de la Plaza, mostrándose David algo pesimista sobre las consecuencias de esta función militar, y no mal informado de los planes del Ejército sitiador. Hizo breve semblanza del General Ceballos, del Brigadier Azcárraga y de los Comandantes Generales de Artillería e Ingenieros Brigadier don Joaquín Vivanco y Coronel don Juan Manuel Ibarreta, revelando conocimiento directo de sus respectivos caracteres. Luego enumeró las fuerzas Centralistas, según su parecer escasas pero bien disciplinadas. Marcó después el contingente de las diversas Armas, con tal precisión y seguridad en las cifras como si lo hubiera contado. Notando mi extrañeza por la posesión que tenía de aquellos datos sin salir de la Plaza, me dijo: "Algunas mañanas me voy al castillo de Moros. En lo más alto de sus muros he puesto un anteojo de mucho poder, con el cual veo los trabajos que hacen los sitiadores. Ya sabe usted que la primera batería la tienen emplazada en Las Guillerías. En ella hay cuatro piezas de a diez y seis. El talud interior del espaldón está revestido de cestones, y las cañoneras de sacos terreros. Han emplazado la segunda batería cerca de las casas de don José Solano, artillándola con cinco obuses de a veintiuno. El terraplén interior consta de tres planos diferentes. "Más allá, junto a la ermita de San Ferreol, hay otra batería con seis cañones de a diez y seis. Los revestimientos están hechos con cestones y fajinas. La batería de la Piqueta, que está al lado de la finca de este nombre, se halla provista de cubre - cabezas, y tiene un través en su centro que completa la protección del retorno de la derecha". - Ya veo, amigo David - le dije sin ocultar mi asombro -, que es usted una enciclopedia. Yo le admiraba como mecánico y astrónomo, y ahora resulta que es usted maestro también en el Arte de la Castrametación. - La tristeza y el aislamiento - replicó él - nos lleva, señor don Tito, a la variedad de los estudios. Hace unos días, hallándome hastiado de trabajar sin fruto, sentí vivas ganas de tomar el tiento a las cosas de Guerra... Vea los libros que tengo aquí. Me los ha prestado el Brigadier Pozas, que, según entiendo, no los ha leído ni por el forro... Si sigo en esta inacción que me entumece el cerebro, el mejor día me encuentra usted entregado al Derecho canónico, o al Ocultismo, que así llaman hoy a la Magia. Con la idea de obtener de aquel hombre extraños hilos o hilachas para mi tejido histórico, seguí visitando a Montero. Algunas mañanas no le encontré en su casa. Esperábale, y al fin le veía llegar fatigado y cubierto de polvo. Venía sin duda del campo reseco que a Cartagena circunda. A las veces, no me hablaba de nada concerniente a las fuerzas sitiadoras, sino de chismes y enredijos del interior de la ciudad; por ejemplo: "Parece que hay sospechas de que Carreras, Pernas, Del Real y otros militares, hociquean secretamente con el General Ceballos. Dicen que corre el dinero... Yo no lo creo. Tal infamia no es posible". Otros días se lanzaba desde luego, sin preámbulos, a departir sobre el Arte de la Fortificación. "Para proteger las baterías que acaban de emplazar - me dijo una mañana -, y para oponerse a cualquier salida que intentemos los cantonales, están los sitiadores haciendo espaldones sistema Pidoll, modificado con pozos para los sirvientes de las piezas, que creo son de las de a diez. Uno de los espaldones lo construyen entre el ferrocarril y la finca de Bosch, otro en las inmediaciones de la casa de Calvet, y otro junto a Roche Bajo. Parece ser que cuando terminen estas obras empezará el bombardeo, y allá veremos quién puede más". Pepe el Empalmao, a quien yo utilizaba mediante cortas dádivas para recadillos y espionajes de diversa índole, aprovechó una tarde en que nos encontramos enteramente solos para decirme con ronco sigilo cavernoso: "Señor don Tito, ese David sale de madrugada, y escondiéndose de la gente va al campo de los judíos Centralistas. Allí se pasa las horas hablando con éste y con el otro, y mayormente con uno que llaman el Azcárrago. Esto se lo digo a usted sólo. Chitón y armas al hombro". - Me parece, Peporro - contesté yo, para estimularle a mayores confidencias -, me parece que no es David sólo. También tú y otros como tú... metéis la cuchara en la olla del enemigo. -¡Señor! - exclamó furioso José, golpeándose el pecho con rabia -. Llámeme lo que quiera menos traidor. Por la necesidad le presto a usted y a otras personas servicios de tercería. Pero vender a mi Cantón de mi alma... ¡eso no lo hago por todo el oro del Potosí sumarino! Buscando yo nutritivo condimento histórico, encontraba tan sólo aguanosas y desabridas salsas. Por las tardes, en la redacción de El Cantón Murciano, Fructuoso Manrique y Manuel Cárceles me referían los sucesos, abultándolos desaforadamente. Las cosas más vulgares, en boca de aquellos patriotas ingenuos, eran trágicas, épicas y de grandeza universal o cósmica. Un día de Noviembre, no importa la fecha, leí en pruebas un artículo de Roque Barcia, que ofrezco a mis lectores como muestra de la literatura política sentimental que hizo estragos en aquellos tiempos. El insigne don Roque flaqueaba por la entonación lacrimosa de sus escritos, inspirados en los trenos de Isaías, o en los cánticos de David bailando delante del Arca Santa. Decía Barcia en su artículo que pronto partiría de Cartagena, por la necesidad de inflamar en todas partes el fuego sagrado del Cantonalismo. Al marchar a otras Regiones, donde estaba a punto de sonar el grito, rogaba a todos que se acordasen de él. Concluía así la salmodia: "Cuando los niños de hoy pregunten a sus madres ¿dónde está aquel hombre que nos dio tantos besos?, que les contesten: ¿vosotros no sabéis la historia de aquel hombre?... Pues era... hijo, era un pirata". El 26 de Noviembre (esta fecha es de las que no pueden escaparse de mi memoria), a las siete de la mañana, rompieron el fuego contra la Plaza las baterías Centralistas. Al bombardeo no precedió intimación ni aviso alguno. El primer momento fue de estupor medroso en Cartagena. Pero el vecindario y los defensores de la ciudad no tardaron en rehacerse: hombres, mujeres, niños y ancianos corrían al Parque en busca de proyectiles y sacos de pólvora, que llevaban a los baluartes de la muralla. Yo fui también allá para enterarme de cuanto ocurría, y vi actos hermosos que casi recordaban los de Zaragoza y Gerona. Entre la muchedumbre encontré al veterano de Trafalgar, Juan Elcano, que ansiaba reverdecer sus marchitos laureles. Gesticulando con sus manos tembliconas me dijo que si le daban un puesto en la muralla cumpliría como quien era. La persona del heroico viejo trajo a mi mente la imagen de Mariclío, con quien primera vez le vi comiendo aladroque en la puerta de un caserón de Santa Lucía. Al momento le pregunté por la divina Madre, y afligido me contestó: "Ya no está la Señora en Cartagena. Una noche, hallándonos todos sus amigos acoderados a ella, oyéndole contar cosas de los tiempos en que era moza (y para mí que su mocedad la pasó en el Paraíso Terrenal), se desapareció de nuestra vista y todos nos quedamos con la boca abierta, mirando al cielo, porque nos pensemos que se había ido por los aires. Una vieja sabidora que andaba siempre con Doña Mariana, nos dijo: 'Bobalicones; aunque la Señora gusta de platicar con los humildes, no creáis que es mujer; es Diosa'. Yo calculo, acá para entre mí, que Doña Mariana es el Verbo, o por mejor hablar, la Verba divina". Al atardecer de aquel mismo día supe que el veterano de Trafalgar, consecuente con su destino heroico, había muerto en la muralla defendiendo la idea cantonalista, última cristalización de su patriotismo. Continuó el bombardeo en lo restante de Noviembre, con mucha intensidad durante el día, atenuándose algo por la noche. Los proyectiles de los sitiadores producían más estragos en los edificios de la población que en las fortalezas. La Junta Soberana recorría los castillos y baluartes dando ánimos a los defensores de la Plaza. Ocasiones tuve yo de ver y apreciar por mí mismo el tesón de los Cantonales ante los fuegos Centralistas. Esta virtud les hacía merecedores de la independencia que proclamaban. Había cesado el estruendo importuno de los vítores, arengas y aplausos, y llegado el momento, la función guerrera desarrollábase gravemente, con viril entereza que rayaba en heroísmo. Accediendo a las súplicas de los Almirantes de las escuadras extranjeras, el General Ceballos concedió armisticios de cuatro y seis horas para que salieran de Cartagena los ancianos, niños y mujeres. Una de éstas, la impaciente Leona, se preparó para escabullirse aprovechando alguna de aquellas claras. Pero yo la disuadí con la promesa de acompañarla si hasta Navidad me esperaba. A don Jenaro de Bocángel le vi en el baluarte de la Puerta de San José, lacio, trémulo y despintado, no ciertamente con anhelos heroicos, sino con la modesta pretensión de transportar agua, proyectiles y cuanto los combatientes necesitasen. Llevaba las babuchas de orillo y el pardo chaquetón que yo le regalé. En el corto diálogo que sostuvimos me dijo que, según noticias transmitidas por la suegra de su sobrino, la proclamación del Cantón Mantuano dependía de que la indómita Cartago hiciese una defensa heroica, no dejando títere con cabeza en el Ejército de Ceballos. El 29 de Noviembre marchó la escuadra Centralista a repostarse de carbón en Alicante. El 30 hicieron los Cantonales una salida desde el fuerte de San Julián, causando 25 bajas a los batallones de Figueras y Galicia, que mandó a su encuentro el General Ceballos. Como yo no cesaba en mis investigaciones, allegando datos para los anales de Mariclío, fui a ver a David Montero, y éste me dijo que Ceballos, apretado por el Gobierno para rendir la Plaza en pocos días y no teniendo bajo su mando fuerzas suficientes para consumar empresa tan difícil, había presentado la dimisión. No di crédito a esta noticia. Algunos días después volví a visitar a Montero, encontrándole inquieto y caviloso. Díjome que en sustitución de Ceballos vendría López Domínguez, General joven, procedente del Cuerpo de Artillería, y sobrino de Serrano. No pude arrancarle más confidencias, ni me dio el menor indicio de la fuente de sus informes. El 5 o el 6 de Diciembre, no acierto a puntualizar la fecha, subí de nuevo a la guarida del mecánico, astrónomo y estratega. Al traspasar la puerta saliéronme al encuentro, desoladas, las dos viejas a quienes mi exaltada mente confundió con las vaporosas figuras de Doña Aritmética y Doña Geografía, las cuales me manifestaron que estaban solas pues don David, después de quemar todos sus papeles, se había marchado una madrugada enviando luego el aviso verbal de que su ausencia duraría largo tiempo. Aquellas pobres mujeres no sabían qué hacer ni a qué santo encomendarse. Del 12 al 13 llegó López Domínguez y tomó el mando de las fuerzas sitiadoras. Ceballos había marchado ya, dejando interinamente al frente del Ejército Centralista al General Pasarón. Con el nuevo caudillo vinieron los Brigadieres López Pintos y Carmona en sustitución de Azcárraga y Rodríguez de Rivera, que con Pasarón marcharon a Madrid. El primer cuidado de López Domínguez fue recorrer la extensa línea de sitio y revistar las tropas, a las que encontró animosas y disciplinadas. Luego dio una proclama. Siguió después el bombardeo, notándose que la Artillería Centralista hostigaba a la población sin hacer fuego contra los castillos, lo que puso en cuidado a los jefes Cantonales por ver en ello un indicio de secretas connivencias con las guarniciones de los fuertes. Desde que comenzó el bombardeo de Cartagena en 26 de Noviembre hasta que López Domínguez tomó el mando del Ejército Centralista, hizo éste 9.297 disparos de cañón, y la Plaza, sus fortalezas y fragatas 10.159. ¡Una friolera! En el curso de Diciembre, pude apreciar por observación directa ciertos hechos que explican y corroboran la psicología de las guerras civiles en España. Leed, amigos y parroquianos, lo que a continuación os refiere un observador sincero de los hilos con que se atan y desatan las revoluciones en los tiempos ardorosos y pasionales de nuestra Historia. Cuando arreció el bombardeo pudo advertirse que los jefes de los batallones de Iberia y Mendigorría, que como se recordará se habían pronunciado en favor de los rebeldes de Cartagena, se mostraban inclinados a una pronta capitulación. Tonete Gálvez, que poseía tanta bravura como agudeza y era el hombre de mando en la República Cantonal, con dotes militares, con dotes de estadista y toda la malicia y sagacidad que siempre han sido complemento de aquellas cualidades, supo calar las intenciones de los individuos del Ejército que meses antes, en los torbellinos de Julio y Agosto, se habían pasado al Cantonalismo con armas y bagajes. Los vigilaba cauteloso y al fin descubrió el enredo. Desempeñando el Coronel Carreras las funciones de Sargento Mayor de la Plaza, dispuso una noche, con el pretexto de defender a Santa Lucía, que salieran el batallón de Mendigorría y Movilizados. Gálvez, noticioso de que se dio a estas fuerzas el mismo santo y seña que tenían los sitiadores para entrar en Cartagena, ordenó al instante la suspensión de la salida, y puso presos al Sargento Mayor y a varios jefes y oficiales, asegurándolos en el castillo de Galeras. Al enterarse el General Contreras de lo que ocurría, subió presuroso al castillo para escuchar las declaraciones de los detenidos. Encerrado Carreras en una estancia, alguien observó que rompía papeles apresuradamente. En esta operación fue sorprendido, y sus guardianes recogieron los trozos de papel, entregándolos a Gálvez y Contreras, que tuvieron la paciencia de unirlos para obtener el texto completo. Entonces se comprobó que había sido vendida la Plaza: era aquel escrito una lista de comprometidos a entregar Cartagena a los sitiadores, y consignaba las recompensas de grados y el premio pecuniario que por su defección les concedería el Gobierno Central. Ordenose en el acto la prisión de los que aquel documento denunciaba, y dieron con sus huesos en Galeras Pozas, Pernas, Perico del Real y otros muchos militares de diferente rango y categoría. Pocos días después de este grave suceso, supo Gálvez por un soplo que a las doce de la noche tenían decidido embarcar y marcharse de Cartagena algunos individuos de la Junta Soberana. Eran las ocho cuando, reunida la Junta en el Ayuntamiento, se presentó Tonete en el Salón de sesiones, sin más escolta que su hijo Enrique, su sobrino Paco y el capitán de Voluntarios Tomás Valderrábano. Llevaba Gálvez las manos en los bolsillos del pantalón y en ellos dos pistolas amartilladas. Apenas traspuso la puerta dijo a los reunidos: "No se mueva nadie. Al que intente salir le levanto la tapa de los sesos, y si alguno se me escapa, en la calle será recibido a tiros". -¿Puedo yo moverme? - preguntó el General Ferrer. - Puede usted pasearse dentro de esta sala; pero nada más - contestó Gálvez con sequedad y entereza, añadiendo sin más preámbulos -. Han sido ustedes descubiertos, caballeros. Quedaron corridos como monas los señores de la Junta que estaban en el ajo. Estrechó Tonetela mano a los que consideraba leales al Cantón; a los demás dijo que quedaban en libertad, que podían ausentarse de Cartagena previo aviso, y que sí alguno permanecía en la ciudad y hacía traición a la Causa sería fusilado en el acto sin compasión. VI Ante sucesos de tal trascendencia no podía faltar la bíblica salmodia del bueno de don Roque. Resonó en un escrito jeremíaco recomendando que al imponer castigo a los desleales, se hiciera justicia magnánima, generosa, clemente... Decíase por aquellos días que López Domínguez había pedido cuatro mil hombres de refuerzo al Gobierno Central, y que a los apremios de éste para rendir la Plaza antes de 1.º de Enero, fecha de la reunión de las Cortes, contestó que a tantos no se podía comprometer. Con un mes largo por delante quizá podría rematar la empresa. Castelar ofreció mandar los refuerzos y seguía pidiendo rendición a todo trance, ya por la fuerza, ya por el soborno, o bien combinando hábilmente ambos métodos de guerra... A mediados del mes, los sitiadores concentraron sus fuegos sobre los castillos de Atalaya, Moros y Despeñaperros, y las puertas de San José y Madrid. La Plaza contestó con brío, y los disparos de la escuadra Centralista contra San Julián resultaron cortos y por tanto ineficaces. Reunió a la sazón López Domínguez Consejo de Generales para determinar el plan que habían de seguir, acordándose por el pronto la conveniencia de un ataque vigoroso a San Julián, y conviniéndose en la urgencia suma de reforzarla línea de bloqueo: ésta no era inferior a seis leguas, y si no se neutralizaba la extensión con la intensidad, imposible alcanzar el éxito con la rapidez que Castelar quería. Desplegaba López Domínguez enorme actividad, supliendo con su cuidado y esfuerzo la escasez de los medios de combate. En Pormán celebró el General en Jefe una entrevista con el Contralmirante Chicarro, el cual le dijo que le era dificilísimo el bloqueo marítimo porque sus barcos andaban bastante menos que los barcos rebeldes. Con tal Marina y un Ejército animoso, pero de contado contingente, era obra de romanos rendir la más formidable plaza de guerra que sin duda existe en el Mediterráneo. Si los Cantonales hubieran tenido tanto seso como bravura en aquella última ocasión de su loca rebeldía, no queda un centralista para contarlo. Hasta el 28 de Diciembre transcurrieron los días sin ningún suceso extraordinario. Continuaba incesante el fuego entre sitiadores y sitiados. Éstos hicieron varias salidas y en una de ellas causaron diez y ocho bajas a sus enemigos. Hacia el 22 recibieron los centralistas los refuerzos que esperaban y con ellos veinticuatro piezas de Artillería de diez y seis centímetros. El 24, un proyectil Armstrong disparado por la fragata Tetuán, que seguía mandada por el intrépido contrabandista Colau, estalló en la batería número 3 del campo enemigo, haciendo reventar cuatro granadas que dieron muerte a un oficial, catorce artilleros e individuos de tropa, y tres paisanos. Y con esto, amados lectores, llego al día 28, fecha culminante en mi memoria por ser la fiesta de los Santos Inocentes, y porque en aquella madrugada, a punto de salir el sol, nos escapamos de Cartagena Leona la Brava y yo, suceso a mi ver memorable que merece un rinconcito en estas verídicas crónicas. Mi escapatoria no fue secreta, pero tampoco me convino hacerla pública. Sólo me despedí de Manolo Cárceles, a quien tantas atenciones debía. Al abrazarnos, me dio con sus cariñosos adioses algunos recados verbales para Estévanez, Castañé y Patricio Calleja. Prometile yo volver pronto, pues me interesaba mucho el Cantón y quería presenciar hasta el fin su arrogante defensa. En la respuesta de Cárceles creí advertir cierta disminución del optimismo que había mostrado desde el comienzo de la revolución cantonal: "Si nos vencen - me dijo -, y ello habrá de ser más por la maña que por la fuerza, abandonaremos este volcán y nos iremos tranquilamente al África en busca de mejor suelo para poder vivir. Si vuelves, gran Tito, te vendrás con nosotros y nos haremos todos africanos". Hasta la línea de bloqueo nos acompañó, al marcharnos La Brava y yo, mi leal mandadero Pepe el Empalmao, a quien las fatigas del sitio convirtieron de rufián en héroe. Su inveterada indolencia trocose en actividad febril, su astucia de zorro en fiereza leonina. En los baluartes de las puertas de San José o de Madrid afrontaba las balas enemigas, con un desprecio de la vida que ya lo querrían para sí más de cuatro figurones, de los que aspiran a merecer una línea en las altas inscripciones de la Historia. Y no lo hacía por ambición ni propósito de medro; no esperaba recompensa, ni galones, ni cintajos, ni cruces, ni siquiera el aumento de un real en su miserable soldada. Hacíalo, sin darse cuenta de ello, por la gloria, por un ideal que indeterminado y confuso hervía dentro de aquel cerebro, que para muchos no era más que una olla del más tosco barro. Como yo no quería partir sin saber algo del pobre don Florestán de Calabria, interrogué al Empalmao, que así me dijo: "Ahora presta servicios de ranchero en las cocinas que ha mandado poner la Junta Soberana en el sótano de la muralla de los Mártires. Allí le tiene usted, con su mandil y su cucharón, revolviendo los peroles en que nos hacen la bazofia con que matarnos el gusanillo. Don Jenaro, que no sirve para militar sino para chupatintas, ha pedido a Contreras que le nombre Memorialista Mayor de la República Cartagenera. Pero para mí que se queda meneando el cazo toda su vida"... Con esto nos despedimos afectuosamente, y Leonarda y yo cogimos el tren de Madrid en la estación de la Palma. Ya estábamos instalados en un coche de segunda con la ilusión de ir solitos todo el camino, y ya el tren se ponía en marcha, cuando vimos que avanzaba presurosa y dando chillidos una pobre señora, cargada de envoltorios, que intentó subir a nuestro departamento. Gracias al auxilio que yo le presté pudo poner el pie en el estribo y posesionarse de un asiento. Era una vieja de buenas carnes, vestida de negro. Al fijarme en su rostro temblé de sorpresa y sobresalto: o yo estaba loco o tenía frente a mí a la propia Doña Gramática, si bien envejecida, un poquito cargada de espaldas y tan descompuesta de facciones como de vestimenta. Antes que yo pudiera decir palabra, soltó ella la suya dejándome más absorto y alelado que antes, pues en cuanto abrió el pico reconocí la tremebunda y retorcida sintaxis de la que en día no lejano fue mi mayor suplicio. Volví a creer que me perseguían fantasmas al escuchar de boca de la vetusta dama estas enfáticas razones: "No agradeceré bastante al noble caballero la merced con que me ha favorecido al prestarme ayuda para escalar, con la enfadosa carga de mis achaques y de estos paquetes, el endiablado vehículo. No están ya mis pobres huesos para tan vivos trotes... Ello ha sido que, faltando cortos minutos para la partida del tren, corrí a recoger estos livianos bultos, que olvidados dejó mi señora en la covacha del jefe de la estación, hombre descuidado al par que descortés, por quien a punto estuve de perni quebrarme o de quedarme en tierra. Gracias a usted, repito, y a esta hermosa dama cuyas manos diligentes me ayudaron a subir, y Dios se lo pague, pude meterme en este coche zaguero, y salva estoy aquí, aunque todavía no reparada del grave susto ¡ay de mí!, ni del sofoco de estos cansados pulmones. ¡Ay, ay!...". Como he dicho, creí hallarme otra vez en pleno delirio y perseguido por las visiones de antaño. Apenas recobré la palabra, que el azoramiento y la confusión me habían quitado, dije a la para mí fantástica viajera: "Señora; perdóneme si la interrogo con cierta indiscreción. ¿Es usted Doña Gramática, ilustre dama versada cual ninguna en los giros de las sintaxis?". - No me llamo Pragmática - contestó ella con melindre - sino Práxedes. No soy dama ilustre, aunque no hay bastardía en mi linaje, y sólo acierta usted en que mi afición al estudio me ha enseñado a hablar con discreta corrección y propiedad. En tanto, Leona no quitaba los ojos del rostro de la vieja, cuyo hablar finísimo y entonado le colmó de asombro y embeleso. En el mirar de mi amiga leía yo un afán ardiente de apropiarse los términos exquisitos y la nobleza gramatical de nuestra compañera de coche. "Cualesquiera que sean su nombre, estirpe y condición, señora mía - dije yo a doña Práxedes -, nosotros estamos muy complacidos de haber trabado conocimiento con usted. Juntos haremos este molesto viaje, honrándonos mucho con su grata compañía". -¡Ay!, eso no podrá ser - replicó la enlutada dueña, arqueando las cejas -. Y de veras lo siento, porque me hallo harto gustosa entre personas tan hidalgas. En la primera parada que no sea corta tengo que pasarme al coche donde va mi señora, la cual es de alcurnia tan alta que no hay en la grandeza española quien pueda igualarse a ella. Va en el departamento que lleva el rótulo Reservado de Señoras. A su servicio tiene damas y doncellas de singular hermosura. Lo dicho por la vieja me adentró más en los delirios paganos. Pensé que en el mismo tren iba Mariclío... quizás Floriana... ¡Dios mío, qué horrible trastorno, mezcla de alegría y espanto! Si yo me presentaba a la divina Madre y ésta me veía con La Brava, sin duda me reñiría duramente por mi liviandad... Advertí que doña Práxedes, risueña, no apartaba sus ojos inquisitivos del rostro de Leona. Sorprendida de su silencio pronunció estas palabras: "Y esta joven tan hermosa y apuesta ¿no dice nada?". Mi compañera balbució algunos monosílabos que no expresaron más que su timidez y el temor de soltar algún disparate chulesco ante una tan refinada maestra de la lengua castellana... Intenté pedir a doña Práxedes más claras referencias de aquella princesa de alto linaje que iba en el Reservado de Señoras, con acompañamiento de bellas damas y lindísimas doncellas; pero un escrúpulo invencible paralizó mi lengua, y seguí alelado y taciturno. Al fin, hostigada por la vieja redicha, pudo Leona desatar el nudo de su timidez, y pronunció algunas frases rebuscaditas para demostrar que no era muda. "Nosotros vamos a Madrid - dijo haciendo con sus rojos labios mohines muy finústicos -, porque Cartagena es un infierno empequeña miniatura. Allí la libertad es un viceversa del sosiego, o como quien dice, una ironía que la tiene a una siempre sobresaltada. En Madrid viviremos tranquilos porque allí la libertad no hace daño a nadie. Además, como estamos bien relacionados en la Corte, lo pasaremos al pelo". - Su esposo de usted tendrá, y esto lo colijo por su talante, porte y lenguaje distinguido - dijo la vieja, clavando en mí sus miradas como saetas -, tendrá de fijo, repito, una elevada posición. - Regular - contestó Leona, mordiendo su abanico para contener la risa -. No diré que sea de las más ensalzadas, ni verbigracia cosa de poco más o menos. En el interín, nos basta y nos sobra para todas las circunstancias de nuestra vida, y como no tenemos sucesión, sucede que marchamos divinamente. Aunque me mortificaba que Leona me diputase por esposo permanente y legítimo, no me pareció bien desmentir a mi amiga, y permanecí callado largo rato, mientras ellas departían a su sabor. Leonarda, perdida completamente la cortedad, hablaba a doña Práxedes de lo divertido que era Madrid, donde había tanta aristocracia y tanta democracia. "Entre otros mil atractivos - dijo -, Madrid tiene toros los lunes y domingos, funciones en la mar de coliseos, misas de seis a doce en todas las iglesias, y a cada dos por tres jaleo de revolución en las calles". Hasta la estación de Murcia, donde el tren paraba quince minutos, no se atrevió doña Práxedes a bajar al andén para cambiar de coche. Despidiose de nosotros con frase coruscante y ensortijada, deseándonos un viaje dichoso y toda la ventura conyugal que por nuestra juventud y buenas partes merecíamos. La Brava, que en los últimos coloquios había hecho muy buenas migas con aquella gramatical cotorra, tuvo gusto en descender con ella y en llevarle los livianos bultos, según la clásica expresión de la matrona provecta. Era mi costilla per accidens vivaracha y curiosona, amiga de gulusmear y enterarse de todo. Acompañó a la vieja hasta el Reservado de Señoras y, al abrirse la portezuela para dar paso a doña Práxedes, exploró con rápida vista al interior del departamento en que viajaban las misteriosas damas. Pronto volvió a mi lado, contándome de este modo lo que había visto: "Pues allí va una señorona con más años que Matusalén, alta y de buenas hechuras. Su cara es blanca, con perfil de estatua: parece mismamente de mármol. Viste de luto y tiene aire de reina que ha perdido el trono. En el fondo del coche hay otras mujeres, y entre ellas una chavala guapísima... como los propios ángeles. La gachí parece una diosa de las que he visto pintadas en un libro que tiene don Florestán... No pude fijarme más porque ellas me miraban como choteándose de mí. Me dio vergüenza y me retiré en buen orden a mis posiciones, como dice el ayudante de Contreras". Al partir el tren llenose nuestro coche de viajeros de Murcia, que alborotaban hablando a gritos de las cosas del Cantón. Unos ponderaban a Gálvez con extremadas hipérboles, asegurando que si le dejaran sería pronto el dominador de toda España; otros, con desmayado pesimismo, sostenían que el Cantón estaba perdido y que López Domínguez daría buena cuenta de aquella gentecilla, entre Año Nuevo y Reyes. Yo me desentendí de esta conversación, y reclinado en un ángulo del coche, mi mano en la mano de Leonarda, permanecí largo rato soñoliento y meditabundo, pensando en lo que mi amiga me contara de las damas que ocupaban el Reservado de Señoras. ¿Iba Mariclío en aquel departamento? ¿Era Floriana la divina hermosura que Leona comparó con las diosas? En estas ideas y en dudas tan crueles fluctuaba mi espíritu, que ya se asía fuertemente a la realidad rechazando toda relación con el mundo de las quimeras, ya se lanzaba disparado a embelesarse con las hermosas visiones Paganas y Mitológicas. Por momentos, el deseo y la curiosidad me aguijoneaban para correr hacia el coche donde iban las misteriosas viajeras; por momentos, el miedo a la desilusión y la idea de ser mal recibido me retenían, sujetándome a la única diosa de que yo podía disponer, Leona la Brava, divinidad terrestre, pedestre y de vuelo harto rastrero y prosaico. En la estación de Hellín saqué un momento la cabeza por la ventanilla, y vi pasar a un hombre de soberbia talla y formas escultóricas. ¿Era el arrogante forjador de voluntades, padre presunto de las mil hijas de Floriana que, después de echar toda el agua fría del mundo sobre mi pasión por la Maestra educadora de pueblos, me arrojó desde lo alto de un talud, cual si yo fuera un muñeco inservible o un despreciable animalejo? Cuando advertí que el divino Titán, vestido con azul ropa de maquinista, se acercaba al Reservado de Señoras y subiendo al estribo departía con las incógnitas viajeras, llegué al colmo del espanto. Tembloroso me arrebujé en la manta y cerré los ojos para reconcentrarme de nuevo en mí mismo. "¿Qué te pasa?" - me preguntó Leona. Y yo respondí: "Me pasa... me pasa que he visto cómo resucita el Paganismo que creíamos muerto para siempre. Me pasa que he visto una figura...". -¿Pero a quién, a quién has visto? ¿Quién ha resucitado? - exclamó Leonarda con súbito terror, palideciendo -. ¿Es mi marido que ha vuelto ya de la isla desierta? - No, hija, no. Tu marido... se lo comieron los peces y lo han digerido ya. La figura que he visto no es la de Cándido Palomo. Es la del forjador atlético hijo de los Dioses, padre de las mil maestras... renovador del Paganismo... -¡Bah, bah!; ésas son coplas. ¿Ya estás otra vez con la tecla de los paganistas? Pues ya sabes que el mejor paganismo es no pagar a nadie y cobrar todo lo que se pueda. VII En Chinchilla, donde bajamos a confortar nuestros estómagos con el agua de castañas almidonada que llaman café con leche los fondistas de las estaciones, me puso la mano en el hombro un señor a quien al pronto no conocí. Era David Montero, totalmente transfigurado de ropa y rostro. Tenía la facha de un clérigo vestido de seglar. Se había quitado barba y bigote, y disimulaba con ligero tinte las canas de las sienes y de la nuca, bajo un gorro de terciopelo negro como el que usan los párrocos de aldea. "Hablemos quedito - me dijo sentándose junto a mí -, y no pronuncie usted mi nombre. Ya ve que voy disfrazado. Me escapé hace días, y en casa de un amigo de Balsicas me vestí de máscara para marcharme a Madrid... Leona me mira sonriendo. Sin duda me ha conocido. Adviértale que no venga ahora con aspavientos y que no me llame por mi nombre... Ya hablaremos, ya hablaremos. Dígame en qué departamento van, y si es de segunda como el mío pasaré un rato con ustedes". Alegrándome mucho de ver a David, le indiqué que íbamos en el último coche. Antes de partir el tren ya estábamos reunidos los tres y entablábamos una grata conversación sin recelo de ser oídos, pues al pasar de Chinchilla sólo quedaron en nuestro departamento dos viajeros, que arrebujados en sus mantas dormían como lirones. "El Cantón está perdido, señor don Tito - me dijo Montero con voz apagada -. Lo estuvo desde 1.º de Diciembre. Ya sabrá usted la prisión de Carreras, Pozas y demás individuos del Ejército". - Lo sé, lo sé - respondí -. Estoy bien enterado de todo. Desde que López Domínguez tomó el mando de las fuerzas Centralistas, los militares de la plaza se hacen cucamonas con los de fuera. -¡A quién se lo cuenta usted! - repuso David -. Yo he tenido algún trato con los Centralistas. Ello fue porque un primo mío, Carlos Montero, está de mecánico en el Cuartel General, donde le estiman mucho por los servicios que presta. He hablado con el Coronel Sánchez Molero, que ayer me dijo: "La fiesta de Reyes la celebraremos dentro de la Plaza". He hablado también con López Domínguez, quien, generoso, y muy satisfecho con las referencias que le dieron de mí, me aseguró que pedirá mi indulto. Pero mientras esa gracia viene, yo me pongo en salvo, amigo mío, que si se rinde Cartagena, lo primero que harán los vencedores será meter en chirona a toda la población penal. Y lo que es a mí no me pescan. - Muy bien, David - dije yo -, ha hecho usted muy bien: libertad y vida nueva. - Eso, eso - alto La Brava juguetona y alegre -. La idea de pasar de un mundo a otro la tuvo antes que usted, amigo Montero, una servidora. No más presidio: el mío era la pobreza, la vergüenza, el andar siempre entre gente groserota y vil o entre señoritos babosos y cargantes que todo lo ven bajo el prisma de la concupiscencia. No pudimos prolongar nuestro coloquio porque Montero se quedó en Albacete, donde tenía un hermano. Allí descansaría breve tiempo, trasladándose luego a Madrid sin abandonar las precauciones que garantizaban su libertad. Díjome su nombre postizo, que era Simón de la Roda, añadiendo que se holgaría mucho de que nos viéramos en la Villa y Corte. De su paradero darían razón en el taller de Calixto Peñuela, un su amigo, famoso armero establecido en la calle de los Reyes, número 15... En Alcázar de San Juan, donde la parada fue muy larga, no me fue posible reprimir mi curiosidad, y me lancé a una indiscreta exploración del Reservado de Señoras, cuya portezuela estaba abierta. Con gran asombro vi que el coche se hallaba vacío. ¿Qué se hizo de las misteriosas viajeras? ¿Se desvanecieron en los aires cual figuras que tenían su domicilio en los espacios imaginarios, o eran seres de carne y hueso que habían terminado su viaje? Busqué a las fantásticas damas a lo largo del andén; luego en la Fonda, y no hallé rastro de las princesas o señoras paganistas, como decía La Brava. Ésta, que era un águila para las averiguaciones por su metimiento y natural comunicativo, preguntó a un empleado del tren, el cual nos dijo secamente que el Reservado de Señoras había venido vacío desde Cartagena. La mentira y la verdad, enzarzadas y juguetonas, continuaban atormentando mi espíritu. Nos hallábamos mi costilla falsa y yo consumiendo sendos chocolates con tortas de Alcázar, cuando se nos acercó un señor de más que mediana edad, alto y de buen porte, suelto de ademanes y de lengua, que saludó a Leona con despejo y gracia, felicitándola por verla camino de Madrid. Fue después al mostrador para pagar su gasto y el nuestro, y yo pregunté a La Brava: "¿Este caballero es Prefumo o uno de los Paganes de Murcia?". - Pagano es y de los buenos - me contestó mi amiga gozosa -. Pero no se llama Pagán. Y cuando el caballero volvía del mostrador salió ella a su encuentro y hablaron un mediano rato lejos de mí. Al meternos en nuestro coche para continuar el viaje, mi esposa fortuita o accidental me dijo, con frase que por su extremada sinceridad parecía candorosa, que el pagano le había propuesto pasarse a su departamento de primera y que él abonaría la diferencia del billete. "¿Qué te parece, Tito? - agregó la moza con zalamería -. Sí tú lo consientes, voy; si no, no. Te digo esto, Titín, porque el ir con ese amigo me servirá para la introducción". -¿Qué quieres decir? - Que para introducirme o como aquel que dice presentarse en la vida de Madrid, ese caballero poderoso me hará un buen avío. Aconséjame si debo ir o no. Aconséjame, hombre. Con toda honradez y franqueza le contesté que siendo ella mujer libre y arbitra de su destino, podía tomar la senda que más le conviniese para el buen principio y orientación en la carrera que había emprendido. Mi fácil consentimiento produjo en ella un ligero chispazo del amor propio y fugaces monerías de coquetismo. Pero al fin quedó convencida, gracias a la perfecta lucidez con que yo expresé la rectitud de mis intenciones. Díjele que si en Madrid necesitaba de mí me encontraría en mi vivienda, calle del Amor de Dios. Como La Brava no dominaba el conocimiento de los números, señalé la casa con la infalible indicación de que junto a la puerta había una cacharrería y en ésta una tablilla anunciadora de burras de leche... En Aranjuez se consumó nuestro divorcio. No debo ocultar que si ella se fue un tanto pesarosa yo quedé medianamente triste. Llegué a Madrid solito y tan campante. Al tomar un coche de punto vi de lejos a Leona la Brava con el caballero pagano, precedidos de un mozo cargado de bultos, y disponiéndose a entrar en el ómnibus de la Fonda Peninsular. En mi casa fui recibido con explosión de júbilo. A Rosita encontré más espigada, a Nicanora más barriguda, y a Ido transparente ya de puro espiritado. Una novedad de la vida hospederil me contrarió mucho: la que yo llamaba mi habitación estaba ocupada por una señora, a quien mis buenos patrones no podían echar para restituirme en el usufructo de aquel cuarto. Era una dama recomendada por Delfina Gil, la dulce beata traficante en ataúdes. ¿Era guapa aquella señora? Sí. ¿Joven? Regular, tal, cual... En fin; ya la veríamos. Ayudándome a quitarme la ropa de viaje, el seráfico Ido me dijo: "Ya sabemos, señor don Tito, que los cabecillas cantonales le nombraron a usted Embajador de Constantinopla, y que usted propuso al Gran Turco pactar un Tratado de Alianza con la República Cartagenera... No se ría, no venga negándolo; aquí todo se sabe... Nos dijeron también que estuvo en Roma tratando de conseguir del Papado que se entendiera con Roque Barcia para establecer en Cartagena un catolicismo suave y democrático. Ahora... usted lo negará, porque diplomacia y reserva son una misma cosa... ahora, digo, viene usted a Madrid a negociar con el Gobierno las paces con el Cantón en condiciones honrosas para ambas partes... No se haga de nuevas... ¡Si aquí le están esperando!... Hace días estuvo en casa don Nicolás Estévanez a preguntar cuándo volvía usted. Luego vino con la misma cantinela un caballero que a mi parecer es el secretario del señor Maisonave, Ministro de la Gobernación". - También vino - dijo Nicanora, que entraba con ropa limpia para hacerme la cama - uno que debía de ser el propio Castelar... - Era él, era él - afirmó Ido dándose una palmada en la frente -. Era don Emilio con barba postiza. - No, José, no; estás trascordado - repuso Nicanora -. Aquel caballero no traía barba... Pero si no era don Emilio, era Carvajal afeitadito... También estuvieron aquí don Luis Blanc, don Serafín de San José y un porción de santones, es a saber: el General Velarde, Solís, Moreno Rodríguez, doña Candelarita la escritora, y un tal Robledo Romero que me parece que es borbónico. El mismo día de mi regreso al hogar patronil, hice conocimiento con la señora que ocupaba mi habitación. Era una dama de agraciado rostro, de estatura menos que mediana, edad incierta entre los treinta o treinta y cinco, tipo de lugareña fina, modosa y bien criada, el habla dulce aunque no exenta de viciosas concordancias, vestida con el hábito de los Dolores, limpia, peinada con esmero y un poquito perfumada. "No es la primera vez que veo a usted, señor Liviano - me dijo, haciéndome sentar junto a ella en el sofá de los duros y punzantes muelles -. Yo soy vizcaína, de un pueblo que llaman Elanchove, y en Durango tuve el gusto de oír el discurso que usted nos echó sobre la República Pontificia, sermón bonita que si al pronto nos entusiasmó, luego vimos que irreverente burla era... Conozco a su padre de usted que fuertecito todavía está, aunque resentido de sus achaques. Trato mucho a su hermana Trigidia y a Ignacio Zubiri. Soy amiga de Pepita Izco, y algo parienta del cura Choribiqueta. Me llamo Silvestra Irigoyen, pero allá todos me conocen con el nombre familiar de Chilivistra... Conque ya ve que nos conocemos... Y ahora sólo me falta decirle que esperaba su vuelta como agua de Mayo para que me dé su auxilio poderosa en la pretensión que traigo a Madrid". Atento a la buena señora, y sintiéndome ya ¿por qué no decirlo?, prendado de su modestia y dulzura melancólica, le dije que dispusiera de mí a todo su talante y voluntad. "Tanto Delfina como este señor Sagrario y doña Nicanora - prosiguió Chilivistra - me han dicho que a usted no le niega nada el Gobierno. Cosa que pida es cosa lograda. Todos me aseguran que va usted para Ministro, y que ha venido al arreglo de paces con el Cantona". Protestando con modestia de aquella supuesta privanza mía, le rogué que me diera razón de su cuita o desventura, y ved aquí lo que me contestó, echando por delante un gran suspiro: "Yo soy casada... No podré decir a usted si el casarme fue para mi felicidad o desdicha, pues de todo hay. Mi marido es... corazón de ángel y genio de todos los demonios. Pruebas mil tengo de su cariño, y en mi cuerpo no faltan señales de sus malos tratos. Se llama Gabino Zuricalday. En su familia todos son carlistas netos... Desde Febrero del año pasado mandaba el 5.º Navarro. Cuentan que era una fiera en los combates... Por dejarse llevar de su arrojo le coparon con otros en un encuentro que tuvieran con las avanzadas de Moriones cerca de Bacaicoa. Cuando le llevaban preso a Pamplona quiso escaparse y... ¡pim!, ¡pum!... sin lograr su objeto, Gabino mató a un guardia civil... Milagro fue que no le fusilaran. Hoy le tiene usted en la prisión militar de Logroño esperando sentencia de un Consejo de guerra... Más de un mes lleva en este suplicio; pero ello va despacio. Militares hay del Ejército liberal a que se interesan por él; mas no faltan otros que no pararán hasta la vida quitarle... Oído el parecer de mi familia, y el consejo de mi confesor, vine a Madrid para poner cuanto esté de mi parte en la santa obra de salvar a ese desgraciado". - Procede usted - le dije yo efusivamente apretándole las manos - como esposa cristiana que olvida las ofensas y obra conforme a la divina ley de amor. Porque si es verdad que su bello cuerpo conserva señales de malos tratos... Chilivistra me interrumpió diciendo con presteza: "Cardenales fueron y tantas que llevaba yo sobre mí todo el Sacro Colegio. Mas tiempo ha que no dolerme. Mi confesor, santo siervo de Dios y de don Carlos, me ha dicho que perdone al marido mala que me ofendía... y ello no era más que cuando se arrebataba por la bebida o se encalabrinaba porque le había soplado mal el naipe... El Altísimo y mi conciencia me gritan que emprenda la campaña de redención. Lo hago no sólo por mí sino por el mi hijo... Se me olvidó decirle que tenemos un niño de siete años al cual he dejado en casa de los mis padres... ¡Ayúdeme usted, don Tito, en esta empresa cristiana, y si en ella salimos triunfosos ganaremos el cielo!". Lo que yo mayormente quería ganar era la ternura indecisa de sus ojos, tras de los cuales entreveía los cielos infinitos del amor. "Señora cristiana y dolorida - exclamé con arranque -, yo, como buen caballero, me pongo al servicio de usted, y no tendré paz ni sosiego hasta que rematemos el alto empeño de rescatar la vida de su esposo. Hoy mismo veré a Sánchez Bregua, a Castelar. Mi grande amigo Emilio no me dará una negativa...". Chilivistra quedó muy complacida, y yo salí de su presencia revolviendo en mi mente un plan de campaña que me pareció inspirado en la lógica más pura. Con el súbito recuerdo de mis admirables éxitos, en la primera mitad del año que expiraba, se renovó en mí la firme convicción de que cuantas peticiones hiciese a los Ministros serían inmediata y satisfactoriamente resueltas, por obra y gracia de mis invisibles espíritus familiares. En aquel poder hermético confiaba yo para conseguir la libertad del prisionero y hacerme dueño de su interesante y acardenalada esposa. Imaginando que me bastaría poner una expresiva carta a mi amigo Eleuterio Maisonave para que el prodigio se realizase con la presteza sobrenatural de marras, puse en ejecución mi pensamiento, y allá fue la epístola que a mis queridos espíritus daba tarea en qué pasar el rato... Refrescado y vestido de limpio me eché a la calle en busca de mis camaradas, y tuve la desgracia de no encontrar a ninguno. Silvestra, sola o con Delfina, iba diariamente a misa, y las más de las noches a los oficios que se celebraban en las iglesias próximas. Pero no creáis, lectores píos, que era una de esas beatas apestosas y cargantes que son verdadero antídoto contra el pecado. Largo espacio de la mañana empleábalo en la limpieza y arreglo de su bella persona, y cuando salía tan bien apañada y elegantita, daban ganas de ir en su seguimiento y arrodillarse con ella ante los altares. El 1.º de Enero de 1874, se me ocurrió salir en su acecho y la sorprendí hociqueando en la rejilla de un confesonario. Mas no por esto se amenguaban su gracia y atractivos. Algunas veces, después de dar un paseíto por el barrio, volvía trayendo en su pañuelo naranjas o peladillas compradas en los puestos de Antón Martín. Jamás conocí santurrona tan sugestiva y simpática. Fiado en la intervención de mis amigos del otro mundo, daba yo a Chilivistra seguridades de un éxito feliz en nuestra empresa de salvamento, y una tarde, acompañándola con su permiso a la iglesia de Montserrat, donde había sermón y Manifiesto, pude advertir que cuando yo le hablaba de la libertad de su marido no parecía tan contenta como era de suponer. Llegué a formar la opinión de que los anhelos de la dama dolorida y coquetona se satisfarían con obtener la vida de Zuricalday, y conseguido esto... que le mandaran lejos, lejos, a Filipinas por ejemplo, poniendo así la mayor distancia posible entre el adorable cuerpo de la señora y la mano impía del esposo. No se me olvida la fecha de estas insignificantes ocurrencias y vanos coloquios. Era el 2 de Enero. Deseoso de ponerme en contacto con mis amigos me fui al Congreso, donde el invisible poder de Mariclío me llevó a presenciar los memorables acontecimientos de la noche del 2 y madrugada del 3 de Enero de 1874... ¡Dame tu aliento, sostén en mí la acendrada devoción de la verdad, divina Madre y Maestra! VIII El primer amigo con quien tropecé en los pasillos fue Moreno Rodríguez, a quien debí las referencias que me dieron un rumbo fijo en la corriente histórica. Díjome que las mayores dificultades acumuladas sobre el Gobierno Castelar provenían de la inquietud de los Intransigentes y de la cuestión de los obispos. "Ya sabes -añadió- que sin aquiescencia de Roma nombraron Arzobispo de Cuba al padre Llorente, íntimo de Martos, y Obispo de Cebú al amigo Alcalá Zamora, demócrata de buena cepa, que siendo diputado en las Constituyentes del 69 votó la Libertad de Cultos vestido de clérigo. Sabes también que el Papa se negó a preconizar a estos prelados, y que han pasado largos meses sin que el Gobierno español y el Vaticano se entiendan". - Ya, ya lo sé - contesté yo -. Dicen que Pío IX está afligidísimo. - Naturalmente - repuso mi amigo -; lo está siempre que no puede tener a los países católicos bajo su sandalia. El nuestro se las mantiene tiesas con Roma desde el 68, y por eso el Pontificado ha tenido que cantar la palinodia, conviniendo un modus vivendi con el Gobierno Castelar para la provisión de las mitras vacantes, que son muchas. Los jesuitas querían que el Papa nombrase los nuevos obispos arrebatando al Gobierno el derecho de presentación, y hasta tenían preparada una hornada de clérigos carcundas para encasquetarles la mitra. Pero Masttai Ferretti vio que mermaban los chorros del dinero de San Pedro, y acabó por entenderse bonitamente con la República española. Esto es un éxito indudable del Gabinete Castelarino, ¿no te parece, querido Tito? Pues verás qué amarguras y contratiempos le aguardan al bueno de don Emilio. Salmerón está que echa bombas, y me parece que oigo ya los ruidos lejanos de la tempestad que se acerca. Poco después di de manos a boca con Pablito Nougués, que compartía con Eugenio García Ruiz el fervor unitario. De lo que me contó el inteligente y simpático periodista, redactor-jefe de El Pueblo, deduje que la eterna discordia entre unitarios y federales era por aquellos días violentísima. La más clara expresión del odio que unos a otros se tenían es la frase pronunciada por un rabioso Intransigente: "Entre una República que no sea Federal y la Monarquía, preferimos la Monarquía". Este relámpago no fue el último que me deslumbró aquella tarde en la cálida atmósfera del Congreso. En diferentes grupos, donde encontré amigos muy queridos, pude oír el retumbar horrísono de la tempestad que se aproximaba. Salmerón, ya muy esquinado con el Gobierno, estimando el Modus Vivendi episcopal supremo error y violación del credo republicano, escogió este tema para cantarle a Castelar el De profundis y dar con él en tierra. Una Comisión de diputados se acercó a don Nicolás, rogándole que depusiera su actitud contra el Gobierno. Mas no lograron rendir la tenacidad del filósofo, que condensó su negativa en esta implacable sentencia: Sálvense los principios y perezca la República. Tal fue el segundo relámpago deslumbrador que me anunciaba el rápido avance de la tormenta. El espantable fallo del Presidente de las Cortes arrancó lágrimas a los leales republicanos que más de una vez jugaron su vida en las conspiraciones y en las barricadas. No queriendo abandonar el Congreso entre la sesión de la tarde y la de la noche tomé un piscolabis en la Cantina con Martínez Pacheco, Castañeda, Olías, Morayta. Éste nos dijo que el voto de gracias al Gobierno, que presentaron a primera hora de la tarde, se discutía calurosamente. Castañeda refirió que estando aquella mañana en la casa de Castelar, calle de Serrano, don Fernando Álvarez, pariente del gran tribuno, y otros amigos allí presentes, aconsejaron al Presidente del Poder Ejecutivo que se resolviera a dar el golpe de Estado. Don Emilio contestó que su honor rechazaba no sólo la idea, sino hasta la frase golpe de Estado, y que a las Cortes iría sin vacilar, afrontando todo lo que pudiera ocurrir. Martínez Pacheco, uno de los políticos más ligados al jefe de la Situación, nos contó sigilosamente que Castelar había conferenciado con Pavía en el despacho de la Presidencia para informarle de los rumores por todos oídos de que intentaban sublevarse contra las Cortes Soberanas. El General lo negó en redondo. Don Emilio entonces le exigió palabra de honor de que decía verdad. Pavía, dando su palabra, dijo textualmente: "Jamás, jamás me sublevaré yo ejerciendo mando". Oído esto convinimos todos en que no había peligro por aquel lado. Don Manuel Pavía y Alburquerque, ayudante de Prim, tuvo siempre estrechas relaciones con los republicanos y era el General que más confianza podía inspirar a todos. En la sesión nocturna se fue avivando el debate, no sé si sobre la proposición de Morayta y Olías o la indispensable de No ha lugar a deliberar. Subí a la tribuna de la Prensa y oí discursos de los conservadores favorables al Gobierno. Romero Robledo dijo que habiendo apoyado a Pi y Margall y a Salmerón cuando eran Poder, no podía negar su voto al Gabinete Castelar. En el propio sentido habló don Agustín Esteban Collantes, que sintetizó su pensamiento en esta frase feliz: "Si un regimiento de Granaderos entrase por esas puertas y se hiciese dueño del Poder, yo sería de los vencidos, ya triunfasen las turbas, ya los Granaderos...". Relámpago intenso que me hizo cerrar los ojos. Defendió al Gobierno, entre otros, el eximio catedrático don Francisco de Paula Canalejas, que fijó la cuestión política en estos precisos términos: "Si el Ministerio debe caer, es preciso sepamos cuál es la solución que ha de sustituirle". Atacaron, sin acritud Benítez de Lugo, y con sin igual dureza Corchado y Labra, quienes intentaron presentar a Castelar como sospechoso a los republicanos. No pudiendo formar Gobierno ningún hato suelto del rebaño parlamentario, se imponía un Gabinete sintético o de conciliación; pero como era imposible armonizar la Izquierda con el Centro, y la Derecha con los Intransigentes, resultaba un embrollo de todos los diablos o un nudo que los dedos más hábiles no podrían deshacer. En esto sonó el primer trueno de la ya inminente tempestad. Salmerón, que había dejado la silla presidencial, soltó en un escaño próximo al reloj el raudal de su elocuencia altísona y majestuosa. Sus negros ojos fulgurantes, su lucida estatura y la solemnidad de sus ademanes, completaban el mágico efecto del orador sobre sus embelesados oyentes. Mostrose ufano de haber contribuido a formar la Derecha, que definió de este modo: "Partido eminentemente republicano, esencialmente democrático en los principios, radical en las reformas, pero conservador en los procedimientos; partido de paz, de orden, de imperio, de ley, de autoridad". A mi lado, los periodistas, comentando estas palabras, dijeron que la Derecha no la había formado Salmerón con sus vacilaciones, sino Castelar con su continua propaganda. Don Emilio era el representante legítimo y autorizado de la Derecha. Prosiguió el filósofo sosteniendo que Castelar había roto la órbita de la política conservadora, y trató de probarlo exponiendo vagas generalidades acerca del Ejército, del partido conservador monárquico, de reformas administrativas y de economía de los gastos públicos, sin aludir ni por asomo a la cuestión de los obispos, móvil, según creíamos, de aquella gran borrasca. Se guardó muy bien de indicar cuáles eran las economías y reformas administrativas que, según él, debió Castelar implantar y no lo hizo. Tampoco dijo nada que permitiese apreciar la diferencia entre las disposiciones referentes al Ejército dictadas por don Emilio y las que él adoptó en el período de su mando. Las únicas afirmaciones, por cierto nada tranquilizadoras, del orador fueron éstas: "Soy inhábil, soy incapaz para el Gobierno mientras las actuales condiciones no cambien: ni pretendo, ni demando, ni acepto el Poder. Si no es posible salvar la situación presente dentro de la órbita del Partido Republicano, antes que romperla nosotros con mano sacrílega, digámoslo a la faz del país; declaremos que no es posible gobernar con nuestros principios, con nuestros procedimientos: así quedará nuestra conciencia tranquila de no haber profanado el Poder, de no haber hollado nuestras sagradas convicciones". Aunque no sonaron fuertes aplausos, las señales de asentimiento que advertimos en toda la Cámara, nos demostraron que había herido gravemente al Gobierno el discurso del filósofo sin realidad, según la sabida frase castelarina. Había llegado el momento supremo. El Presidente del Poder Ejecutivo se levantó arrogante, ansioso de mostrar en aquel torneo la pujanza de su nombre, de su elocuencia y de su honor, como jefe de la democracia gubernamental. Empezó su discurso el inmenso tribuno con estos ardientes apóstrofes: "Soy sospechoso al Partido Republicano porque le digo que él solo no puede salvar la República; porque le digo que está hondamente dividido y perturbado; porque le digo la verdad, como se la dije a los Reyes, y añado que no gobernará como no condene enérgicamente y para siempre a esa demagogia". (Señalando a la extrema izquierda.) Fijó luego su significación gubernamental, constante en su vida pública. Sostuvo que nada hizo en el Gobierno que no hubiera defendido en la oposición y expuesto en su programa al ser elevado al Poder. Notó los servicios prestados por él a todos los Gobiernos de la República, de quienes fue ministerial ardiente aun sin compartir sus opiniones, por no mermarles autoridad. Luego prosiguió así: "Tenemos todo lo que hemos predicado. Tenemos la Democracia, tenemos la Libertad, tenemos los Derechos Individuales, tenemos la República. Dos reformas no más necesitamos: la primera es la separación de la Iglesia del Estado; la segunda es la abolición de la esclavitud en Cuba". El relampagueo y tronicio continuaban, con fulgores y sonidos más próximos. Un diputado interrumpió: "¿Y la Federal?". Don Emilio repuso con acento iracundo: "Eso... eso es organización municipal y provincial. Ya hablaremos más tarde; no merece la pena. ¡El más federal tiene que aplazarla por diez años!". En los bancos de la Intransigencia produjeron enorme tumulto las frases del tribuno. Una voz dijo: "¿Y el proyecto de Constitución?". Castelar lanzó esta respuesta fulminante: "Le enterrasteis en Cartagena".(Sensación profunda en la Cámara y contradictorias manifestaciones.) El Jefe del Gobierno puso término a su discurso con estas palabras: "El Partido Republicano tiene que transformarse en dos grandes partidos: uno de acción, progresivo, muy progresivo, a quien le parezcan estrechas y mezquinas nuestras ideas; y otro pacífico, nada de dictatorial, nada de autoritario, nada de arbitrario; legal, muy legal, demócrata, muy demócrata, pero con grandes instintos de consolidación y conservación... Mi política es la natural y podréis maldecirla, pero no sustituirla, porque ante la guerra no hay más política que la guerra". Sin más dimes y diretes, porque Salmerón no rectificó y las Izquierdas olfateando su triunfo no quisieron perder el tiempo, se dio por concluso el debate. ¡A votar, a votar! Derrotado por 120 votos contra 100, Castelar entregó a la Mesa la dimisión de todo el Gobierno... Aprobose la proposición de costumbre para elegir por papeletas firmadas un nuevo Ministerio con las mismas facultades conferidas a los anteriores, y se suspendió la sesión por más de dos horas para que los diputados se pusieran de acuerdo... Bajé de la Tribuna con mis amigos periodistas, y en los pasillos y Salón de Conferencias oímos ardorosos comentarios de la votación. Alguien censuró con acritud a Figueras porque, si personalmente se abstuvo, ordenó a sus parciales que votaran contra el Gobierno. También votaron en contra Salmerón y sus adeptos, el Centro, la Izquierda y los Intransigentes. Al lado de Castelar estuvieron, a más de sus amigos, seis monárquicos y los Unitarios. Hallándome yo en medio de aquel laberinto me encontré de improviso en los brazos de Estévanez. "Pero don Nicolás - le dije -, ¿qué es de su vida de usted? No le he visto en los escaños". Y él, con semblante triste y voz apagada, me contestó: "No he venido más que a votar y me largo a escape. Mi suegra acaba de morir. Adiós". Avanzaba la noche. Ya habían caído en las honduras del tiempo pasado las horas del 2 de Enero de 1874 y entrábamos en la madrugada del 3. La votación por papeletas se deslizaba lenta, triste, cadenciosa y somnífera, reproduciendo en los espíritus la pesadez atmosférica de la tempestad que sobre el Congreso se cernía. En los aires sobrevino el silencio lúgubre que precede a los grandes estallidos de la electricidad. No vean mis lectores en esto más que un fenómeno subjetivo, producto de mi caldeada imaginación. La tempestad no estaba en los aires sino en la Historia de España. A una hora que debía de ser molesta para los trasnochadores más empedernidos, las cinco o las seis de la madrugada, terminó la parsimoniosa votación para elegir nuevo Gobierno, y se dio comienzo al escrutinio con prolijos trámites a fin de garantir la más escrupulosa exactitud. En esto estábamos cuando retumbó sobre nuestras cabezas un trueno formidable. Retembló el edificio, se estremecieron todos los corazones, vibraron todos los nervios... Subió Salmerón a la Presidencia y demudado, lívida la faz, centelleantes los ojos, dijo solemnemente estas fatídicas palabras: "Señores diputados: hace pocos momentos he recibido un recado u orden del Capitán General de Madrid - creo que debe ser ex-Capitán General -, quien por medio de sus ayudantes nos conmina para que desalojemos este local en un término perentorio". IX El rayo corrió por toda la Sala en menos de un segundo, levantando a muchos de sus asientos, y oyéronse estas voces: "¡Nunca!, ¡nunca!". Pareciome que en aquella fracción de segundo los pupitres, los divanes, los candelabros, las luces de gas, las pinturas y adornos, los nombres grabados en las lápidas conmemorativas y hasta los mudos maceros gritaban también ¡Nunca! Tratando de imponer silencio, Salmerón prosiguió así: "¡Orden, señores diputados! La calma y la serenidad no deben apartarse de los ánimos fuertes en circunstancias como ésta... Me ha dicho el Capitán General que si no se desaloja el Congreso en plazo perentorio lo ocupará a viva fuerza... Yo creo que es lo primero y lo que de todo punto procede...". Espantoso tumulto ahogó la voz del orador. Algunos vociferaban: "¡Esto es una indignidad, una villanía! ¡Esto es una traición infame!". El Presidente, en tanto, gritaba con voz estentórea: "¡Orden, señores diputados, sírvanse oír la voz...!". Continuó el tumulto con creciente estruendo. Varios Intransigentes, en pie sobre sus escaños, gesticulaban y decían: "Calma, señores, mucha calma". Don Eduardo Chao exclamó: "¡Esto es una cobardía miserable!". Y el filósofo don Nicolás, reiterando sus exhortaciones, exclamaba a grito herido: "¡Orden, orden, señores diputados! Vuelvo a recomendar la calma y la serenidad. Sírvanse oír"... Pero nadie le oyó. Cuando por agotamiento físico se hizo un poco de silencio, prosiguió Salmerón: "El Gobierno presidido por el ilustre patricio don Emilio Castelar es todavía Gobierno y sus disposiciones habrá adoptado ya. Entre tanto, yo creo que debemos seguir en sesión permanente, y seremos fuertes para resistir hasta que nos desalojen por la violencia dando un espectáculo que, aun cuando no sepan apreciarlo en lo que vale aquellos que sólo pueden conseguir el triunfo por ciertos medios, las generaciones futuras sabrán que los que éramos adversarios ahora hemos estado unidos para defender la República". Varios padres de la Patria exclamaron: ¡Todos! ¡Todos! Y el Presidente contestó: "No esperaba yo menos, señores diputados: ahora seremos todos unos". En los escaños retumbó el estruendoso clamor de ¡Todos somos unos! ¡Todos somos unos para defender la República! Al oír esto no pude contenerme. Se me encendió la sangre, y con toda la fuerza de mis pulmones lancé al hemiciclo estas palabras: "¡A buenas horas mangas verdes! Majaderos fuisteis; sed ahora ciudadanos y dejaos matar en vuestros asientos". En el espantoso vocerío perdiéronse mis apóstrofes. Muchos diputados daban vivas a la Soberanía Nacional, a la Asamblea y a la República. Salmerón echó el resto de su potente voz con estas frases rotundas: "Se han borrado en este momento todas las diferencias que nos separaban. Borradas estarán hasta tanto que no quede reintegrada esta Cámara en la representación de la Soberanía Nacional...". Otra vez, sintiéndome coro, grité burlescamente: "¡Tarde piache!". Mi comentario familiar quedó ahogado en el estrépito de los aplausos que corearon la vibrante protesta del gran metafísico. Tocó la vez a Castelar, que dijo: "Yo creo que la sesión debe seguir como si no sucediese nada fuera de esta Cámara. Puesto que aquí tenemos libertad de acción, continuemos el escrutinio, sin que por eso el Presidente del Poder Ejecutivo tenga que rehuir ninguna responsabilidad. Yo he reorganizado el Ejército; pero lo he reorganizado no para volverse contra la legalidad, sino para mantenerla". Frenéticos aplausos interrumpieron al colosal tribuno, que terminó de esta manera: "Ya, señores diputados, no puedo hacer otra cosa que morir el primero con vosotros".(Inmensa emoción. Muchos se abalanzaron a abrazarle.) Don Eduardo Benot se puso en pie, y rojo de ira gritó: "¿Hay armas? Vengan. ¡Nos defenderemos!". Salmerón: Sería inútil nuestra defensa y empeoraríamos nuestra causa. Una voz: ¡Quia; ya no se puede empeorar! Salmerón: Digo que nosotros nos defenderemos con aquellas armas que son las más poderosas en estos momentos: las de nuestro derecho, las de nuestra dignidad, las de nuestra resignación para recibir semejantes ultrajes. Castelar: Pero una cosa hay que hacer... Un diputado: ¡Que se dé un Voto de confianza al Ministerio que ha dimitido! Castelar: De ninguna manera; aunque la Cámara lo acordase, este Gobierno no puede ser Gobierno, para que no se dijera nunca que había sido impuesto por el temor de las armas a una Asamblea Soberana. Lo que está pasando me inhabilita a mí perpetuamente para el Poder. Varios diputados: ¡No, no, que te creemos leal! Castelar: Así es, señores diputados, y a mí me toca demostrar que yo no podía tener alguna parte en esto. Aquí, con vosotros los que esperéis, moriré y moriremos todos. Benot: Morir, no: vencer. Chao: Ruego, señores diputados, que se expida un Decreto declarando fuera de la ley al General Pavía, sujetándole a un Consejo de guerra... y si es necesario desligando a sus soldados del deber de la obediencia. Fernández Castañeda: ¡Farsa! ¡Qué Decreto ni qué garambainas! Si no disponemos ni de un cabo y cuatro soldados para que nos defiendan ¿cómo vamos a exonerar a nadie? (Sánchez Bregua extiende y firma el Decreto. Varios diputados solicitan ser ellos quienes lo entreguen a Pavía.) Calvo y Delgado: (Despavorido. Penetrando en el Salón.) La Guardia Civil entra en e